De colores

Ernesto y Nora salieron a la calle en busca de aire menos contaminado que el de su casa.

Cruzando el parque se encontraron con un niño con toda la piel teñida de verde mientras observaba a otro montado en una bici; a una niña coloreada de rojo a punto de darle un palazo a otro crío que estaba a su lado y a un corro de críos contra la pared, blancos como una sábana puesta al sol en verano y a otro niño amenazándoles. Curiósamente, el niño amedrantador tenía color de  piel natural. Color carne.

A lo lejos ya divisaron la mesa de la terraza en la que se habían citado con sus amigos para tomar el vermouth. Era fácil, sólo había que otear el negro brillante de Fonso, pesimista desde antes de nacer.

Como ya era costumbre desde que nadie podía evitar exteriorizar sus sentimientos, los que ya estaban en la mesa pusieron al día a los recién llegados.

Sofía estaba verde porque envidiaba a Laura por tener un novio tan guapo y tan divertido. Cristián, novio de Sofía, estaba naranja tirando a rojo por la vergüenza de ser feo y aburrido para su novia y por su enfado con el novio de Laura aunque fuera injustificado.

Laura explicó que Rafa, su novio, no estaba porque tenía sesión de depilación. Y se rió contando que, cuando vuelve de la depilación, no sabe si está enfadado o no de lo rojo que está.

Clara estaba amarilla por lo de su hipocondría. La última enfermedad que se había autodetectado era tan rara que no había ninguna cura en todo el mundo. Siempre proponía a todo el mundo buscar su enfermedad en internet para que le dieran pábulo.

Fonso, el tintado de negro, era el novio de Clara. No dijo nada nuevo ni dio explicaciones: -Todo es una mierda.-

Tras las presentaciones, Ernesto y Nora se sentaron con sus amigos, pidieron sus cervezas y charlaron como siempre.

Tras la primera cerveza a Nora le delató su color gris. Estaba aburrida. Todos le dijeron que se fuera, que no era plan de estar por estar. Ernesto estuvo de acuerdo y se fueron caminando sin rumbo.

Nora preguntó:

-Ernesto, tú casi nunca tienes ningún color. Es raro. Es como si no sintieses nada. Como si todo te diera igual. Todo el mundo es transparente gracias a su color menos tú. Contigo hay que hablar sin saber si dices lo que sientes o no. Y eso es muy difícil de aguantar.

Y Ernesto contestó:

-Nora, soy de color rosa. El color de la ira. Es el que no quieren que veamos. No está permitido. Pero algún día todo será de color rosa. No lo dudes.

Por razones de seguridad

Por razones de seguridad, no se hizo público el lugar de encuentro. Fue en un edificio céntrico de Madrid. El primero en llegar fue el propio inquilino del lugar. Después llegaron los de Mercadona y el del Carrefour.

-¿Hablásteis con los de los bancos? -Preguntó el anfitrión.- No es lo mismo sin ellos.

El hombre del Mercadona habló: -Sí, pero no está claro que vengan. Manda la del Santander y, ya sabes, las mujeres no lo ponen fácil.

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El hombre de los cinco pares de ojos.

Esta es una historia que será real porque yo voy a escribirla, no por otra cosa, aunque la resumo porque no sabría contarla con la voz de ella.

Me la contó una abuela que no tengo, ocurrió en un lugar que no existe y al que no se debe volver y lo que pasó, no le pasó a ella sino a una amiga que no tenía. Sólo la contó una vez y porque se sentía con la falta de pudor que da la cercanía de la muerte. Y yo estuve allí.

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