Artemisa, Ernesto y la luciérnaga

A Artemisa no le gustaba su nombre. Lo odiaba.
Sabía que su nombre era el de la diosa protectora de los animales salvajes y ella adoraba a los animales salvajes: tigres, ciervos, águilas, cebras y hasta ratas.

Pero ella, aunque se llamara Artemisa como la diosa, lo único que veía todos los días eran cuatro vacas esqueléticas, un perro mimoso y pulgoso, un cerdo cebado y un gato arisco que no se dejaba acariciar.

Artemisa vivía en una casa en el campo, pero no como a ella le gustaría. En lugar de piscina, tenián un pozo y en lugar de hierba para correr y tirarse encima, tenían un huerto que, obviamente, no se podía pisar. Además, una de sus tareas consitía en dar de comer a Ernesto, el cerdo. Eso era lo que peor llevaba.

Se imaginaba como la diosa con la que compartía nombre, rodeada de leones, halcones, gacelas… pero a ella sólo le perseguía un cerdo hambriento.

Una noche, estaba tan frustada, tan harta de su vida, que se escapó de su habitación contradiciendo las órdenes de sus padres y el sentido común. Además, hizo lo que sus padres le habían dicho que no hiciese hasta que hubiese crecido algo más: asomarse a la boca del pozo. Era un pozo muy profundo.

Se encontraba tan ensimismada con sus oscuros pensamientos, sobre su casa, sus padres que la obligaban a hacer tantas tareas y sobre todo, ese maldito cerdo Ernesto, que no se daba cuenta de la hermosa de la luz de la luna, ni la de las estrellas. Tampoco vio esa pequeñita luz que se acercaba emitiendo pequeños destellos.

De repente, vio a una luciérnaga delante de sus ojos. Se asustó, perdió el equilibrio y se cayó al pozo. Ya en el agua sintió mucho miedo porque, aún siendo una gran nadadora, sabía que faltaban muchas horas hasta que se hiciera de día y sus padres la echaran de menos y fueran a rescatarla.

Mientras tanto, en la boca del pozo, la pequeña luciérnaga no sabía qué hacer y se sentía desolada pues por su culpa, la niña se encontraba en tan mala situación.

Sin embargo, desde el fondo del pozo le llegó la solución cuando la niña gritó: “¡Ernesto, cerdo asqueroso, todo por tu culpa!”.

Entonces, la luciérnaga voló rápida hasta la pocilga y comenzó a emitir destellos para despertar al cerdo Ernesto. Por desgracia, éste se encontraba tan profundamente dormido que no se enteraba de nada, por lo que que la luciérnaga decidió emplear la fuerza.
Con gran esfuerzo, levantó uno de los párpados del cerdo y comenzó a destellear: tres destellos cortos, tres largos y tres cortos. Era un código humano, pero la luciérnaga estaba convencida de que Ernesto lo comprendería. Y Ernesto lo comprendió.

Tres destellos cortos, tres largos y tres cortos significaban “Socorro”.

Ernesto se levantó inmediatamente y se puso a las órdenes de ese bichito luminoso que en otras circunstancias, le habría parecido apetitoso.

La luciérnaga condujo a Ernesto hasta el pozo y ahí fue cuando el cerdo dio lo mejor de sí mismo.

Hay quien piensa que los cerdos están muy ricos, o que son sucios y feos. Pero lo cierto es que son muy inteligentes y cariñosos. Ernesto recordó lo que había visto hacer a los humanos en el pozo para sacar agua.

Entonces empujó el cubo que estaba en el borde del pozo y estaba unido a una cadena. El cubo cayó en el fondo del pozo y casi encima de Artemisa.
La niña se aferró al cubo pensando que sus padres la estaban rescatando.
Cuando la luciérnaga avisó al cerdo Ernesto de que la niña había abrazado el cubo, éste comenzó a girar la manivela con su hocico, tal y como había visto hacer a los humanos.

Cuando Artemisa llegó arriba y esperaba encontrar a sus padres, en su lugar vio a un cerdo y a un bicho que destelleaba como una ambulancia. Tuvo suerte, porque cuando se desmayó, cayó encima del cerdo.

Al día siguiente, sus padres no salían de su asombro cuando después de buscarla por todas partes, apareció en la pocilga durmiendo.

Artemisa, Ernesto y la luciérnaga
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