Sin título, por Alicia G.R.

Tizas sobre pizarra. Efímero como la vida.

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Bridas

-¿Por qué hemos quedado aquí? No hay nadie. Esto es un edificio vacío. Siempre decías que eso de no estar solos te daba miedo estando conmigo.

+Quiero estar a salvo de los demás. Lo peor de estar contigo ha sido lo que los demás pensarían. Gracias por venir. Sigue subiendo, nos quedan dos pisos.

-¿Qué vamos a hacer aquí exactamente? He venido por tí. Para arreglar lo que haga falta.

+Llegamos. Siéntate en esta caja, por favor. Yo también quiero arreglarlo todo. Definitivamente.

-Esto está lleno de porquería. ¿De verdad es necesario?

+Es necesario que te sientes y que pongas una mano cerca de la viga. Te voy a sujetar el brazo con unas bridas.

-¡Es una locura! ¿Por qué?

+Estaremos más igualados. No podrás moverte y yo estaré a salvo dando un paso atrás si te da por soltar la mano. Y yo no podré hacerte daño porque con una sola mano te podrás defender. Me dabas las palizas con una sola mano; recuerda.

-¡Es injusto! Nunca te di ninguna paliza. Algún golpe merecido para que aprendieras. Nada más. Pero, ok. Sólo dime de qué quieres hablar y me dejo atar el brazo.

+Quiero ser tan fuerte como tú por una sola vez. Poderte hablar sin miedo.

-Ok. Te doy la izquierda para que me la ates. No aprietes demasiado. Así está bien. ¡No! Deja que me circule la sangre, ¡coño! ¡te has pasado! ¿Cómo se afloja esto? ¿De qué vas?

+Las bridas no se aflojan. Sólo se pueden apretar más o cortarlas. Es como el abusar de alguien. De eso quería hablar. Primera lección.

-Ok. Estoy aquí, ¿no? Rápido, por favor, me duele la mano.

+Lo primero es que no sé por qué has venido. Yo, en tu lugar, no lo hubiera hecho; habría supuesto que no sería para nada bueno. Me has sorprendido.

-Porque me preocupo por tí. Afloja un poco esto, por favor.

+No se puede aflojar, ya te lo expliqué. No te traje aquí para charlar y arreglar las cosas. Lo que ha pasado en estos años no se puede arreglar. Yo no puedo reconstruirme porque ya no sé cómo era antes de estos años. A veces creo soñar con alguien parecido a mí que lleva una armadura de papel de aluminio, con protección visible pero con poca muralla. Considero un éxito los golpes que me he ahorrado por mis reflejos. Las veces en que te suplicaba y no me hacías caso se han convertido en muescas en mi chepa que quiero arrancar; y no puedo hacerlo una a una; serán todas a la vez, y será hoy.

-¡Te estás pasando! Tengo la mano azul. ¡Quítame la brida! Y, todo lo que pasó, era por algo. Cada momento de la vida de cada uno es merecido. ¡Todo es por culpa de uno mismo!

+Entonces, lo que te está pasando y lo que te va a pasar es culpa tuya. Deja de agitar el brazo, que te corto la brida.

-Gracias. Ya no sentía la mano. Y, ahora, me explicas de qué va esto o te doy una hostia.

+Esto va de que en las grabaciones de las cámaras del edificio apareceremos entrando cogidos de la mano. Aún tengo marcas de tus golpes y te va a ser difícil demostrar que no me tiraste por la ventana. Son once pisos. Adiós.

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Analepsis


¡Cuántas cosas pasarían si giraras un poco, muy poquito, el dial. Pero le sigues dando al botón para elegir entre el menú que han preparado para todos. Y no, no es para tí. No, no eres especial.

Pero todo puede cambiar.

En alguna calle de Huelva, Pérez estaba tan hastiado de su sueldo de mierda como de su coche veinteañero que su mierda de sueldo no le permitía jubilar. Como siempre, escuchando su 91.3 FM, tras dejar a sus hijos en el cole. Como siempre, la radio no se escucha bien y hay que girar el dial. Pero, esta vez, sus dedos se quedaron congelados en el 91.6 FM.

Al autónomo Peláez, taxista, perro viejo como escuchante de radio, le gustaba jugar con la rueda del dial para unirse a conversaciones ajenas y hacer amigos. Tenía un equipo de radio en su taxi. Era radioaficionado. Y él también sintonizó el 91.6 FM por casualidad. Tuvo que parar el taxi de mala manera en carga y descarga para escuchar; paralizado.

Pérez dio la vuelta en redondo y sacó a su viejo coche todo lo que daba de sí. Cuando volvió al colegio, se fue directo a las aulas de sus hijos, sudando y con ojos rojos de desesperación. Abrió y cerró las puertas sin ver las miradas alucinadas de los alumnos y los maestros. Al darse cuenta de que no pasaba nada, se sentó en el suelo apoyando la espalda en la pared y, llorando de consuelo, llamó a la policía en el mismo momento en el que el director del colegio también lo hacía.

Peláez tiró de sus contactos de radioaficionado para expandir el 91.6 FM de Huelva a toda España. Estaba aterrorizado y quería ayudar difundiéndola. Rápidamente se pudo escuchar en streaming esa radio pirata en toda España por internet.

La radio que retransmitía en 91.6 FM se convirtió en lo más oído y buscado en todas las redes sociales. Los cincuenta y dos contactos de Peláez se multiplicaron por los cincuenta y dos contactos que podría tener cada uno de ellos y así multiplicándose.

Esa mañana, los colegios tuvieron que interrumpir las clases por la afluencia de padres y madres que iban desesperados suplicando que lo de la radio no estuviera pasando en el cole de sus hijos.

Los padres respiraban aliviados. Los hijos, espachurrados entre los brazos de sus padres, preferían estar en clase que ver a sus padres haciendo el idiota. «Menos mal que no son sólo los míos», pensaban.

Pero la radio seguía sonando. Y aunque todos estaban bien, aunque no había noticias reales de que a alguien le estuviera pasando lo que se escuchaba, todos estaban a una. Y, ¿qué se hace en estos casos? ¡Manifestación!

Multitudinaria. De las que, si tu vecino sabe que no vas, hace que su perro se cague en tu felpudo. Millones de personas por las calles de todo el país exigiendo seguridad en los colegios y pena de muerte para los culpables.

Analepsis:

-Ernesto, la radio está vieja, nadie la escucha. Si fuera por televisión, todavía. Pero lo mejor sería difundirlo por redes sociales.

+No. La radio es arqueología. Alguien encontrará esto y tendrá más credibilidad. Con un solo vigilante en el Titanic, todo el pasaje se enterará de que se hunde. Y ya nadie se acuerda de Orson Wells. ¿Para cuánto tenemos repertorio?

-Tres días sin repetirse.

+Suficiente. Nadie se acuerda ni de lo de ayer. ¡Empezamos!

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Booca

Me relaja el sonido de una moneda de dos en cuanto lo huelo, al vuelo, antes del estruendo al chocar contra las monedillas de céntimos adormecidas en la gorra. Siempre miro a todo el mundo, es mi trabajo, pero no bien a todos. Al que lanza una moneda de uno o dos, le sigo con la mirada y le imagino la vida sin saber si acierto o no, ignorando si lo hace por piedad o por identificación.

Esta vez mi mirada fue fotogénica desde mi bajo punto de vista porque estaba observando su mano adentrándose en su bolso desde unos metros antes de llegar a mi posición. Y me consta que rebuscó más monedas pero no encontró. Le hubiera sugerido algún billete, pero la situación no lo permitía.

La gente no se quiere identificar. Puede ver mi figura de miserable desde lejos y decidir si darme una limosna, pero raro es el que me mira de cerca a los ojos. Y lo entiendo. A mí me pasaba lo mismo cuando estaba en el otro lado. Hay compañeros que no soportan eso, que no te miren, que sólo te vean, estar excluídos de la vida normal y que la gente nos vea como a animales.

Pero esa es otra historia.

Hablaba de que la ví revolviendo en su bolso y sacando una moneda para echarla en mi gorra de lana. Como la seguía con la mirada desde lo lejos que te permite la muchedumbre, pensé que buscaba otra cosa, pero no. Era mi moneda de dos. Ví su mano cuidada, sus piernas bonitas y sus ojos mirándome como entre odio y gratitud. La moneda cayó y ella se fue mirándome fijamente y sonriendo como un caballo al relinchar mostrando todos sus dientes y señaládoselos con el índice de la mano izquierda.

Al alejarse poco a poco con su sonrisa-mueca y su mirada fija en mí, la reconocí por fin.
Era de mi barrio. No sé su nombre. La llamábamos La Booca. Con varias oes, porque le faltaban unos cuantos dientes de los que se ven. Hay quien dice que fue su padre y quien dice que sus hermanos, pero a fé que los dientes no se escapan por gusto.
Vendía a cien su boca y tenía bastante clientela.

La vez que la iba a probar era el último de todos mis amigos y, cuando me tocó el turno, la ví exhausta. Máquina deshecha.

Me dijo que no podía más. Que la ayudara a salir de ahí y a buscar algún sitio donde vivir.

-Toma doscientas. No me hagas nada. Me voy y no se lo digas a mis amigos.- Respondí yo.

Recordando esto, pensé en que la vida tiene puerta de atrás. No sé si doscientas es igual que dos pero me considero pagado y seguro que ella más que satisfecha.

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Nume Ditaba

Nume Ditaba significa «hogar de mariposas». Nume es un hombre anciano a sus treinta años. Su piel es una sucesión de cicatrices superpuestas de las que provocan las quemaduras de segundo grado tras quemar piel quemada que ya fue quemada.

Apenas siente dolor cuando mete los pies en el río. Hoy lo intentará de nuevo aunque sabe por experiencia que no lo conseguirá. Algo pasa que el no entiende y que los demás no quieren saber.

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Novios

Reconozco que abandonarte en la playa nudista cuando estábamos tomando el sol y llevarme tu ropa, no estuvo bien.

Pero ponerme aceite en los limpiaparabrisas del coche, estuvo mal. Hizo que no viera nada al ponerlos en marcha y, menos mal, iba despacio y la farola contra la que me estrellé cedió.

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