Los relatos

Ernesto tiene prisa

A Ernesto nunca le gustaron los abogados, prefería los forenses.

De pequeño le gustaba más oir el “mira que eres gilipollas” de después, que el “ni se te ocurra” de antes.

Olió el tufo de la muerte cuando su retrovisor derecho pasó a tres centímetros del pilar de un viaducto cualquiera.

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Utopía

-¿Por qué haces eso? Te vas a matar y te lo estás buscando.

+Y ¿por qué no voy a hacerlo si puedo? Todo se ve distinto desde aquí.

-Será precioso ver esos instantes, pero aquí los instantes duran más.

+Es maravilloso ver las cosas desde fuera. Aunque sólo sea por tan poco tiempo de cada vez.

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Pedazo

Hace un segundo habría dejado todo por una palabra tuya. Ahora saboreo el azul y el verde a cada vuelta que doy. Huelo los aromas de hierbas que nunca identifiqué. El viento no me deja ni escuchar ni imaginar esa palabra que hubiera cambiado mi vida. Ahora ya puedo quererte u odiarte porque nunca más estaré a tu lado. Ya no importa.

No tengo tiempo de preocuparme más por ti. Sólo pienso en quitarme este trozo de la manzana del desayuno que se me ha quedado entre dos muelas antes de estrellarme contra el suelo.

Cenando

Ernesto y Nora suelen ponerse al día por la noche, en la cocina cenando. Se ríen, discuten, charlan, se miran y se comparten.

A veces se enfadan.

-¡No sé por qué me dices que soy un desconfiado! ¿Tu olla, que siempre va de aquí para allá, alguna vez se posó en el helipuerto del sentido común?

+Ernesto, no es para tanto. No te dije que…

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¡Corre, joder! (con final)

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Joder. Casi me cogen. Me agarró de la camiseta y casi me tira al suelo. Creo que me la rompió. Con lo que me costó.
Estoy corriendo. Creo que son tres o cuatro los que me persiguen. Corro más que ellos. Creo.
Debí hacerles caso y darles el dinero cuando me dijeron que si se lo daba me dejarían ir sin más. Seguir leyendo “¡Corre, joder! (con final)”

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