La niña y la luciérnaga

Los bichos y los humanos nos solemos llevar fatal. Pero una vez pasó que una niña y una luciérnaga se encontraron en el monte y se hicieron amigas.

La luciérnaga se metió en uno de los bolsillos de la chaqueta de la niña, y desde allí, podía ver todo el paisaje mientras la niña seguía de excursión.

Pronto comenzaron a intentar comunicarse. La luciérnaga escuchaba perfectamente a la niña, aunque le molestaba su voz atronadora para sus pequeños oidos. Pero la niña no podía oir nada de lo que la luciérnaga decía porque su voz era inaudible para ella.

Así que idearon un lenguaje luminoso: un destello de la luciérnaga significaba “sí”, dos, era “no” y varios era “risa”.

De este modo pasaron toda la excursión. Pero al llegar a la ciudad, la luciérnaga se sintió intimidada. Había luces por todas partes y más luminosas que la suya. Entonces, pensó que la niña ya no la querría porque las luces de la ciudad eran mejores. Se escapó del bolsillo y se volvió al monte.

Ernesto y Chema

Ernesto es un hombre normal. La normalidad entendida como ni bueno, ni malo, ni lo contrario. Su nombre no da para más. Ernesto para todos. Ni siquiera tiene un apócope familiar.
José María es capaz de ser bueno, malo y todos los matices entre ambos estados. Su nombre da para mucho. Es José María en las presentaciones, Chema para los amigos, Josema para sus posibles ligues, Don José para sus subordinados.

Ernesto llamó a Chema, su mejor amigo. Chema vio la llamada y la dejó extinguirse porque no le daba tiempo a pensar en cómo escabullirse de alguna encerrona fraternal. Tras cinco llamadas, aceptó la sexta. En su interior algo le dijo que no podía perder el contacto con un amigo de la infancia. Y además, recordó el placer que se siente cuando se está con alguien de plena confianza y que es peor que tú en todo. Puedes restregarle por las narices todo lo que tú tienes y que él no tiene y sólo escucharás de sus labios un “me alegro tanto por tí, nadie se lo merece tanto como tú”. Seguir leyendo “Ernesto y Chema”