Cenando

Ernesto y Nora suelen ponerse al día por la noche, en la cocina cenando. Se ríen, discuten, charlan, se miran y se comparten.

A veces se enfadan.

-¡No sé por qué me dices que soy un desconfiado! ¿Tu olla, que siempre va de aquí para allá, alguna vez se posó en el helipuerto del sentido común?

+Ernesto, no es para tanto. No te dije que…

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Ph

El Ph de la piel humana anda entre 5 y 5.5. El del agua ronda el 7.

Ya nadie se acordaba de la celebrada misión a Júpiter. Habían pasado tantos años desde el histórico despegue, que la noticia de la vuelta de los astronautas no tenía ya mayor interés para las empresas de la prensa.

Las autoridades recibieron a los astronautas como a funcionarios de los de Roma a Flandes. Con discreción.

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De colores

Ernesto y Nora salieron a la calle en busca de aire menos contaminado que el de su casa.

Cruzando el parque se encontraron con un niño con toda la piel teñida de verde mientras observaba a otro montado en una bici; a una niña coloreada de rojo a punto de darle un palazo a otro crío que estaba a su lado y a un corro de críos contra la pared, blancos como una sábana puesta al sol en verano y a otro niño amenazándoles. Curiósamente, el niño amedrantador tenía color de  piel natural. Color carne.

A lo lejos ya divisaron la mesa de la terraza en la que se habían citado con sus amigos para tomar el vermouth. Era fácil, sólo había que otear el negro brillante de Fonso, pesimista desde antes de nacer.

Como ya era costumbre desde que nadie podía evitar exteriorizar sus sentimientos, los que ya estaban en la mesa pusieron al día a los recién llegados.

Sofía estaba verde porque envidiaba a Laura por tener un novio tan guapo y tan divertido. Cristián, novio de Sofía, estaba naranja tirando a rojo por la vergüenza de ser feo y aburrido para su novia y por su enfado con el novio de Laura aunque fuera injustificado.

Laura explicó que Rafa, su novio, no estaba porque tenía sesión de depilación. Y se rió contando que, cuando vuelve de la depilación, no sabe si está enfadado o no de lo rojo que está.

Clara estaba amarilla por lo de su hipocondría. La última enfermedad que se había autodetectado era tan rara que no había ninguna cura en todo el mundo. Siempre proponía a todo el mundo buscar su enfermedad en internet para que le dieran pábulo.

Fonso, el tintado de negro, era el novio de Clara. No dijo nada nuevo ni dio explicaciones: -Todo es una mierda.-

Tras las presentaciones, Ernesto y Nora se sentaron con sus amigos, pidieron sus cervezas y charlaron como siempre.

Tras la primera cerveza a Nora le delató su color gris. Estaba aburrida. Todos le dijeron que se fuera, que no era plan de estar por estar. Ernesto estuvo de acuerdo y se fueron caminando sin rumbo.

Nora preguntó:

-Ernesto, tú casi nunca tienes ningún color. Es raro. Es como si no sintieses nada. Como si todo te diera igual. Todo el mundo es transparente gracias a su color menos tú. Contigo hay que hablar sin saber si dices lo que sientes o no. Y eso es muy difícil de aguantar.

Y Ernesto contestó:

-Nora, soy de color rosa. El color de la ira. Es el que no quieren que veamos. No está permitido. Pero algún día todo será de color rosa. No lo dudes.

En una calle concurrida

Aparte de pellizcarte, una de las formas de saber que estás vivo es ver fantasmas: si los ves, significa que no estás entre ellos, aunque puede ser que lo estés de otra manera, pero no en el sentido estricto.

Por aquello de la tradición popular, yo siempre pensé que no los vería hasta estar pronto a morirme, aunque ahora que lo pienso, pudiera ser que esté cerca de espicharla y es por eso que se van dejando ver “de a poquitos”.

También suponía que eran traslúcidos y amedrentadores. Pero todas mis ideas alicatadas al respecto reventaron el día que vi a Ernesto.

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Los condenados del rey

La leyenda cuenta que hace muchos años en un reino no tan lejano como el tuyo, vivía un rey de carácter alegre, condescendiente y de muy buen humor. Pero no hasta el punto de que le robaran una calabaza del huerto real.

Cuando se enteró, ordenó buscar al ladrón por todo el reino y, cuando fue encontrado, le condenó a morir: calabaza por calabaza.

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