En el metro

En el metro de una ciudad, como todas, demasiado grande.

Ella entra en el cuarto vagón. Cansada, agradece que a esas horas no haya mucha gente y se pueda sentar.

Elige la parte de atrás porque le gusta observar a la gente; desde esa posición, parece natural mirar hacia delante y contemplar a los pasajeros sin parecer curiosa.

Entre sentarse al lado de una bola de panceta sudorosa que escucha algo con sus auriculares e intenta moverse rítmicamente y un señor mayor de traje gris que lee sosegadamente algo en su tableta, escoge lo menos pringoso.

El señor del traje gris ya estaba preparado. Deja que pasaren unos minutos y entabla conversación.

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Una habitación poliédrica

Ernesto tenía todo lo que una persona corriente podría desear. No tenía trabajo para tener que ganarse la vida ni trabajo para tener que no aburrirse.

Su dieta era rica y variada y de la mejor calidad; tendría los mejores vinos y licores si no fuera porque era abstemio y no le sentaban bien a su salud.

Su casa o, más bien, su habitación, era grande, más grande que la mayoría de las viviendas habituales que suele tener cualquier familia de clase media; si es que existe la clase media.

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La Pelambrera

Delirando, Gloria, todo lo imaginaba con pelo. Ella misma, su madre a la que casi no conoció, sus juguetes… En la cama de su abuela, entre sudores y espasmos, veía a sus muñecas con el pelo hasta el suelo; a los castillos de piezas que construía de niña les caían melenas desde las almenas; los coches con los que jugaba dejaban una estela de pelo cobrizo, castaño, rubio, pelirrojo.
Cuando volvía del delirio, lo primero que hacía era buscar su nuca para encontrar su mata de pelo y seguirla con las manos hasta donde daba su envergadura.

Entonces, se asustaba al encontrase en casa ajena, totalmente empapada de su sudor y de la humedad pegajosa que dejan los sueños cuando se han vivido bien.

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Ernesto y el donut

Ernesto comiéndose su tercer donut se atragantó por el aviso de llamada de su patrulla.

Con el susto, tuvo la mala suerte de expulsar un trocito del donut que llegó a caer en el café del señor de al lado y la buena suerte de que el señor había echado galletitas troceadas en el café y estaba hablando con el señor de el lado opuesto sin poder ver lo que le pasaba a Ernesto.

Ernesto no consideró de especial importancia avisar al señor de al lado de la intrusión espontánea en su café y se fue a cumplir su cometido: resolver un caso policial.

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El diario de Laura

A Laura, Laurita, le regalaron un diario.

Se lo dieron envuelto en precioso papel de celofán y con una nota:

“Seguro que todos tus sueños se harán realidad y los escribirás en estas páginas”

En el momento de escribir la nota dedicatoria a nadie se le ocurrió que el orden de la frase se pudiera invertir en algún momento.

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