Una habitación poliédrica

Ernesto tenía todo lo que una persona corriente podría desear. No tenía trabajo para tener que ganarse la vida ni trabajo para tener que no aburrirse.

Su dieta era rica y variada y de la mejor calidad; tendría los mejores vinos y licores si no fuera porque era abstemio y no le sentaban bien a su salud.

Su casa o, más bien, su habitación, era grande, más grande que la mayoría de las viviendas habituales que suele tener cualquier familia de clase media; si es que existe la clase media.

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La Pelambrera

Delirando, Gloria, todo lo imaginaba con pelo. Ella misma, su madre a la que casi no conoció, sus juguetes… En la cama de su abuela, entre sudores y espasmos, veía a sus muñecas con el pelo hasta el suelo; a los castillos de piezas que construía de niña les caían melenas desde las almenas; los coches con los que jugaba dejaban una estela de pelo cobrizo, castaño, rubio, pelirrojo.
Cuando volvía del delirio, lo primero que hacía era buscar su nuca para encontrar su mata de pelo y seguirla con las manos hasta donde daba su envergadura.

Entonces, se asustaba al encontrase en casa ajena, totalmente empapada de su sudor y de la humedad pegajosa que dejan los sueños cuando se han vivido bien.

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Ernesto y el donut

Ernesto comiéndose su tercer donut se atragantó por el aviso de llamada de su patrulla.

Con el susto, tuvo la mala suerte de expulsar un trocito del donut que llegó a caer en el café del señor de al lado y la buena suerte de que el señor había echado galletitas troceadas en el café y estaba hablando con el señor de el lado opuesto sin poder ver lo que le pasaba a Ernesto.

Ernesto no consideró de especial importancia avisar al señor de al lado de la intrusión espontánea en su café y se fue a cumplir su cometido: resolver un caso policial.

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El diario de Laura

A Laura, Laurita, le regalaron un diario.

Se lo dieron envuelto en precioso papel de celofán y con una nota:

“Seguro que todos tus sueños se harán realidad y los escribirás en estas páginas”

En el momento de escribir la nota dedicatoria a nadie se le ocurrió que el orden de la frase se pudiera invertir en algún momento.

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Necesito ayuda

Me acabo de despertar. No bebo, ni me drogo ni nada de nada, pero me duele la cabeza y no sé dónde estoy. Lo primero que siento es calor y humedad. Lo segundo es que estoy desnudo, bueno, con una especie de taparrabos. Lo tercero es el olor: nauseabundo, entre pescado podrido y orín. Levanto la cabeza y veo un pene apuntando hacia mí. ¡Joder! Me están meando en la cara. Me desmayo.
Me vuelvo a despertar. Y recuerdo lo anterior. Casi sin abrir los ojos intento averiguar si eso tan desagradable ha sido un sueño, una pesadilla, o ha sido real. Real no puede ser, obviamente, me digo.

Me cuesta abrir los ojos del todo. Están pegajosos. Tengo una capa densa de… de… de… No sé. Es una especie de grasa que apesta a pescado podrido y a meados. ¡Joder!

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Rutina

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-Entonces, ¿lo vas a dejar?
+Sí. Lo tengo decidido. Lo que me piden es demasiado.
-Sabes que, desde mi punto de vista, nunca deberías haber aceptado.
+Es un trabajo. Como otro cualquiera, en el fondo… ¿Es el tuyo mejor? Somos científicos.
-¡Sin duda! Mi trabajo no me plantea problemas éticos ni morales. Y duermo más o menos bien por las noches.
+Has dado en la diana. Quiero dormir sin remordimientos. Lo voy a hacer. Lo dejo. Me voy. Seguir leyendo “Rutina”