A Ernesto nunca le gustaron los abogados, prefería los forenses.
De pequeño le gustaba más oir el “mira que eres gilipollas” de después, que el “ni se te ocurra” de antes.
Olió el tufo de la muerte cuando su retrovisor derecho pasó a tres centímetros del pilar de un viaducto cualquiera.


Hace un segundo habría dejado todo por una palabra tuya. Ahora saboreo el azul y el verde a cada vuelta que doy. Huelo los aromas de hierbas que nunca identifiqué. El viento no me deja ni escuchar ni imaginar esa palabra que hubiera cambiado mi vida. Ahora ya puedo quererte u odiarte porque nunca más estaré a tu lado. Ya no importa.