
El sonido de la segunda falange del dedo anular al romperse por la fuerza de una palanca se parece al de una nuez al cascarla.
Pero sólo se puede oir a cierta distancia. Sigue leyendo

El sonido de la segunda falange del dedo anular al romperse por la fuerza de una palanca se parece al de una nuez al cascarla.
Pero sólo se puede oir a cierta distancia. Sigue leyendo
Me acabo de despertar. No bebo, ni me drogo ni nada de nada, pero me duele la cabeza y no sé dónde estoy. Lo primero que siento es calor y humedad. Lo segundo es que estoy desnudo, bueno, con una especie de taparrabos. Lo tercero es el olor: nauseabundo, entre pescado podrido y orín. Levanto la cabeza y veo un pene apuntando hacia mí. ¡Joder! Me están meando en la cara. Me desmayo.
Me vuelvo a despertar. Y recuerdo lo anterior. Casi sin abrir los ojos intento averiguar si eso tan desagradable ha sido un sueño, una pesadilla, o ha sido real. Real no puede ser, obviamente, me digo.
Me cuesta abrir los ojos del todo. Están pegajosos. Tengo una capa densa de… de… de… No sé. Es una especie de grasa que apesta a pescado podrido y a meados. ¡Joder!


Cansada de hacer el amor con el que podría ser su hijo, se levantó sólo para ver su imagen sin miedo.
Le gustó que su espejo le devolviera una imagen de veinteañera. Acostumbrada a verse divina, volvió a la habitación, despidió a su amante sin ruido y, casi sin ganas, se puso a mirar el catálogo de “algo que hacer” para el resto del día. Sigue leyendo

-Entonces, ¿lo vas a dejar?
+Sí. Lo tengo decidido. Lo que me piden es demasiado.
-Sabes que, desde mi punto de vista, nunca deberías haber aceptado.
+Es un trabajo. Como otro cualquiera, en el fondo… ¿Es el tuyo mejor? Somos científicos.
-¡Sin duda! Mi trabajo no me plantea problemas éticos ni morales. Y duermo más o menos bien por las noches.
+Has dado en la diana. Quiero dormir sin remordimientos. Lo voy a hacer. Lo dejo. Me voy. Sigue leyendo
Como se suele decir: montó en cólera.
Su marido se quería divorciar. Ella ya lo sabía desde hacía semanas.
Gritó, lloró, rompió cosas, le insultó y adoptó el resto de actitudes que se toman en estos casos.
En su éxito personal siempre debía ser convincente aunque no tuviera convicción.
Ya a solas detuvo la función y ni siquiera sintió el odio y el rencor.
Sabía que la dejaba por otra. Tan joven, tan escultural, tan divertida, tan complaciente como ella. Sigue leyendo