Objetivo erróneo

Ya lo tenía todo planeado para acabar con su pesadilla. Gracias a los conocimientos de su trabajo había elaborado unos planes pulcros y con grandes probabilidades de éxito. Aún así no se hacía muchas ilusiones. Sabía que tantos meses de sufrimiento habían mermado sus capacidades. No era exhaustivo. El sufrimiento de los meses no te trastorna. Lo hace el diario. Día tras día con la misma voz en la cabeza: “cállala, apágala, destrúyela, acaba con ella”. Y el dolor insoportable en las sienes. No es el dolor que te postra y que arreglas con analgésicos. Es el que no te deja pensar en nada más que en la voz que te lo produce.

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Un día…

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Artemisa, Ernesto y la luciérnaga

A Artemisa no le gustaba su nombre. Lo odiaba.
Sabía que su nombre era el de la diosa protectora de los animales salvajes y ella adoraba a los animales salvajes: tigres, ciervos, águilas, cebras y hasta ratas.

Pero ella, aunque se llamara Artemisa como la diosa, lo único que veía todos los días eran cuatro vacas esqueléticas, un perro mimoso y pulgoso, un cerdo cebado y un gato arisco que no se dejaba acariciar.

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Navidad…

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Una habitación poliédrica

Ernesto tenía todo lo que una persona corriente podría desear. No tenía trabajo para tener que ganarse la vida ni trabajo para tener que no aburrirse.

Su dieta era rica y variada y de la mejor calidad; tendría los mejores vinos y licores si no fuera porque era abstemio y no le sentaban bien a su salud.

Su casa o, más bien, su habitación, era grande, más grande que la mayoría de las viviendas habituales que suele tener cualquier familia de clase media; si es que existe la clase media.

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Enredando

Enredando

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