Albania (capítulo 4)

Fuimos todo el trayecto desde la clínica hasta la casa de mi tía Aurora en silencio. Me fijé en su bolso, que estaba abierto y bien a la vista como para demostrar que no había nada que ocultar y no ví nada extraño tipo revólver, bazooka o cazabombardero. Pensé en si esta visita me estaría perjudicando mentalmente.

-Tía, mañana me marcho. Quería pasar unos días en Madrid para ver a algunos amigos antes de regresar a Oslo.

+Claro. Tampoco te iba a pedir que te quedaras. A tu abuelo le han tenido que subir las dosis de medicación en cuanto salimos de la clínica. Y esa escapadita al último piso… ¿Fue para hablar del tiempo? ¿Ya te explicó qué es Albania, su obsesión?

-¡Uf! Lo siento. No creo haber hecho nada para sobre-excitarle. Me dejé llevar por él. Parece inofensivo. Siento haberle hecho mal. No era mi intención. Y Albania, por mi parte, sigue siendo un país que está en el mismo sitio de siempre. No conseguí que me explicara nada sobre esa fijación. Pero, bueno, con su enfermedad a cada uno nos daría por algún tema inescrutable supongo.

+Supongo, Ernesto. Hasta mañana.

Esa noche ya sentía la comezón del periodista. Había algo raro en esta historia tan simple del abuelo cebolleta obsesionado con una chorrada. Algo que alguien sabía, que alguien quería saber y que alguien quería que no se supiera. La clave era Albania. Y la persona que podría orientarme sobre la vida de mi abuelo era el comisario Floro.

No fue difícil averiguar si estaba vivo aún. Lo estaba, aunque cuando le ví, me pareció que por poco tiempo. Me alucinó que me reconociera al instante por teléfono. No sabría decir si gracias a su buena memoria de policía o a que esperaba mi llamada. Me invitó a su casa.

-Has cambiado bastante desde que tu abuelo me pidió que te ayudara a ser un buen hombre y no un mal policía. Estabas en pañales. ¡Y seguro que te los cagaste!

La risotada del comisario Floro se interrumpió por el ataque de tos que le provocó la misma.

+Sí, comisario. Aquel tour por lo peor de lo peor de Madrid fue traumático y aleccionador. No sé si agredecérselo u odiarle por lo mal que lo pasé. Pero he venido a hablar de mi abuelo. Le he vuelto a ver. Ayer. ¿Hace mucho que no le ve?

-Hace tiempo. Le visité en la clínica para ricos en la que está y le ví más feliz que en muchos años. Dicen que tiene alzheimer. Yo lo vi tan lúcido como siempre.

+¿No cree que esté enfermo? Está diagnosticado.

-Mira chaval, yo estoy diagnosticado de imbécil por mi ex-mujer, de alcohólico por mis amigos, de hijoputa por mis ex-compañeros, de llorón por mis nietos… Y tú también estás diagnosticado. Te lo aseguro. No nos andemos con rodeos. Sé que ibas a venir. Tu abuelo me dijo que era probable. Llevo años esperándote. Pero no me dijo para qué ibas a venir a verme. Sólo espero poder ayudarte en lo que sea.

+¡Joder! Ahora sí que estoy seguro de que está pasando algo raro con mi abuelo. Vive en una clínica de lujo que no se puede pagar con su pensión. A mi me pareció tan cuerdo como usted dice, parece que está sobre-vigilado y… Albania. Mi tía me dijo que hace tiempo que pregunta por mí y que si sé si Albania sigue en su sitio. Realmente por eso vine desde Oslo, donde vivo. ¿Le dice algo esto?

-No. Albania es un país. Y los países son como los árboles, pueden tener distintos nombres pero no se mueven. Creo que tu abuelo te está hablando en clave y creo que sé de qué te quiere hablar. Yo de ti me volvería a Oslo a estar con mi rubia y dejaría las cosas aquí tal y como están. No es ningún juego.

+Usted me extirpó la vocación de policía pero para la de periodista llega tarde. ¿Me puede ayudar en esto? ¿Por qué le dijo mi abuelo que vendría a verle a usted?

-En realidad, tu abuelo no me lo dijo. Me enseñó una de las fotos que guarda en las que salís ambos en el bosquecito que estaba cerca de su casa. Me lo hizo entender con la mirada. Son tantos años de amistad que nos podemos comunicar sin hablarnos. Si nos hubieras visto jugar al mus…

+¡Un momento! Mi abuelo, en la clínica, me dio a entender que no podía hablarme porque estaba seguro de que le estaban escuchando. ¿Podemos hablar aquí?

-¡Ja, ja, ja! Claro, hijo. Esta habitación es una jaula de Faraday. Está bien protegida. Aquí es donde traíamos a los… Bueno, eso es otra historia. Sí, a tu abuelo lo vigilan los mismos que le pagan su existencia a cuerpo de rey.

+Sinceramente, no estoy seguro de si puedo confiar en usted.

-Haces bien. No puedes. Vete y olvida todo esto.

+Cuénteme, por favor.

-¡Ay, chaval! Allá va. Tu abuelo no fue un policía convencional. Supongo que te lo olías. Tenía la rara facultad de infiltrarse en cualquier organización criminal sin levantar sospechas. Hay policías que se infiltran en el narco o en la trata o en la pedofilia, pero tu abuelo era capaz de hacerlo en cualquiera. Se preparaba a conciencia, como un actor de método. Esa cualidad no pasó desapercibida y acabó trabajando para el servicio de inteligencia, sin contrato, sin nómina, sin ninguna relación demostrable; en plan 007. A partir de ese momento empezamos a perder algo de relación en el sentido de perder confidencialidad. Él no me contaba lo que hacía y yo no se lo preguntaba pero seguíamos siendo amigos y hacíamos lo mismo que siempre. Todo normal a los ojos ajenos.
Un día nos vimos como otras veces en esta misma habitación. Traía una cajita pequeña y estaba absolutamente serio, como nunca le había visto. Permanecimos varios minutos en silencio hasta que comenzó a llorar. Yo nunca le había visto llorar. Golpeó la cajita con los dedos y me dijo: -Floro, si esto sale a la luz, se acabó el mundo. Pocas personas conocen el contenido, algunas más saben que existe aunque no lo conozcan y todas ellas saben que yo también lo tengo. No sé si debería hacerlo público. De momento me parece una atrocidad. Voy a desaparecer. No te quiero involucrar. Adiós amigo-.
Cuando salió de aquí con su cajita apagué las luces, cogí mi rifle y me asomé a la ventana. Mientras tu abuelo debía estar bajando las escaleras escudriñé con la mira telescópica cada coche, rincón, recoveco al alcance de mi visión pero no vi ninguna amenaza. Tu abuelo salió a la calle y se fue caminando hasta que le perdí de vista.

+¿Y no supo más de él hasta volverlo a ver en la clínica?

-No. Silencio absoluto hasta que tu tía Aurora me llamó para decirme que estaba ingresado y que preguntaba por mí. Al reaparecer, indagué un poco y encontré algo de información semi-pública, de la que es privada hasta que untas a quien debes para obtenerla. No sé si lo sabes, pero tu abuelo se está forrando. Le llegan ingresos mensuales de fundaciones opacas con domicilio en paraísos fiscales. Parece que hay gente interesada en que viva bien o en que no se muera. Sea lo que sea lo que tu abuelo tenga, lo tiene bien atado.

+¿Eso es todo? No me aclara gran cosa.

-Todo lo que sé y que imagino que viene al caso entre tu abuelo y tú. Si quieres te hablo de las chavalas y de las paellas y de los toros, ¡no te jode!

+Lo siento señor. Es que no tengo nada claro. Ni sé por dónde empezar.

-¿Empezar qué? ¿A joderte la vida? Chaval, vete con tu rubia. Lo que sea que tenga tu abuelo no es bueno para nadie. Ya lo dijo él. Mira, yo ya he vivido más de lo que preveía por lo que no tengo miedo que me maten pero, aún así, no querría descubrir el secreto que tu abuelo guardaba en aquella cajita. Soy un cabrón, eso me lo diagnostico yo, pero, si tu abuelo dijo sollozando que eso era tan peligroso, yo no lo buscaría ni para destruirlo. Menos para saciar mi curiosidad.

+Gracias, comisario. Espero que nos volvamos a ver.

-Si me dices que te vas a Oslo mañana, te voy a visitar.

Bajé las escaleras, salí a la calle y tras unos pasos me dio por mirar atrás y vi el reflejo de la mira telescópica del rifle del comisario Floro en su ventana. Estaba cuidando de mí. Era de fiar.

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