Albania (capítulo 1)

Gracias a mi padre soy lo que soy. No sé si se lo debo agradecer o culparle de ello. El caso es que mi vocación desde niño fue la de policía. En mi casa no la debían valorar mucho porque nunca me regalaron nada que pudiera recordármela; ni una pistola de juguete. Cuando me la hice yo con dos palos y un clavo, mi padre los desunió y me dijo: -¡Hala! ya tienes dos cervatanas. Sopla hijo, sopla.-

 

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En el metro

En el metro de una ciudad, como todas, demasiado grande.

Ella entra en el cuarto vagón. Cansada, agradece que a esas horas no haya mucha gente y se pueda sentar.

Elige la parte de atrás porque le gusta observar a la gente; desde esa posición, parece natural mirar hacia delante y contemplar a los pasajeros sin parecer curiosa.

Entre sentarse al lado de una bola de panceta sudorosa que escucha algo con sus auriculares e intenta moverse rítmicamente y un señor mayor de traje gris que lee sosegadamente algo en su tableta, escoge lo menos pringoso.

El señor del traje gris ya estaba preparado. Deja que pasaren unos minutos y entabla conversación.

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La niña y la luciérnaga

Los bichos y los humanos nos solemos llevar fatal. Pero una vez pasó que una niña y una luciérnaga se encontraron en el monte y se hicieron amigas.

La luciérnaga se metió en uno de los bolsillos de la chaqueta de la niña, y desde allí, podía ver todo el paisaje mientras la niña seguía de excursión.

Pronto comenzaron a intentar comunicarse. La luciérnaga escuchaba perfectamente a la niña, aunque le molestaba su voz atronadora para sus pequeños oidos. Pero la niña no podía oir nada de lo que la luciérnaga decía porque su voz era inaudible para ella.

Así que idearon un lenguaje luminoso: un destello de la luciérnaga significaba “sí”, dos, era “no” y varios era “risa”.

De este modo pasaron toda la excursión. Pero al llegar a la ciudad, la luciérnaga se sintió intimidada. Había luces por todas partes y más luminosas que la suya. Entonces, pensó que la niña ya no la querría porque las luces de la ciudad eran mejores. Se escapó del bolsillo y se volvió al monte.

Objetivo erróneo

Ya lo tenía todo planeado para acabar con su pesadilla. Gracias a los conocimientos de su trabajo había elaborado unos planes pulcros y con grandes probabilidades de éxito. Aún así no se hacía muchas ilusiones. Sabía que tantos meses de sufrimiento habían mermado sus capacidades. No era exhaustivo. El sufrimiento de los meses no te trastorna. Lo hace el diario. Día tras día con la misma voz en la cabeza: “cállala, apágala, destrúyela, acaba con ella”. Y el dolor insoportable en las sienes. No es el dolor que te postra y que arreglas con analgésicos. Es el que no te deja pensar en nada más que en la voz que te lo produce.

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