Artemisa, Ernesto y la luciérnaga

A Artemisa no le gustaba su nombre. Lo odiaba.
Sabía que su nombre era el de la diosa protectora de los animales salvajes y ella adoraba a los animales salvajes: tigres, ciervos, águilas, cebras y hasta ratas.

Pero ella, aunque se llamara Artemisa como la diosa, lo único que veía todos los días eran cuatro vacas esqueléticas, un perro mimoso y pulgoso, un cerdo cebado y un gato arisco que no se dejaba acariciar.

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Una habitación poliédrica

Ernesto tenía todo lo que una persona corriente podría desear. No tenía trabajo para tener que ganarse la vida ni trabajo para tener que no aburrirse.

Su dieta era rica y variada y de la mejor calidad; tendría los mejores vinos y licores si no fuera porque era abstemio y no le sentaban bien a su salud.

Su casa o, más bien, su habitación, era grande, más grande que la mayoría de las viviendas habituales que suele tener cualquier familia de clase media; si es que existe la clase media.

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La Pelambrera

Delirando, Gloria, todo lo imaginaba con pelo. Ella misma, su madre a la que casi no conoció, sus juguetes… En la cama de su abuela, entre sudores y espasmos, veía a sus muñecas con el pelo hasta el suelo; a los castillos de piezas que construía de niña les caían melenas desde las almenas; los coches con los que jugaba dejaban una estela de pelo cobrizo, castaño, rubio, pelirrojo.
Cuando volvía del delirio, lo primero que hacía era buscar su nuca para encontrar su mata de pelo y seguirla con las manos hasta donde daba su envergadura.

Entonces, se asustaba al encontrase en casa ajena, totalmente empapada de su sudor y de la humedad pegajosa que dejan los sueños cuando se han vivido bien.

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