El alcalde Robanote

Eran una familia feliz. La madre, una gran gimnasta y científica afamada. Durante años había inventado infinidad de objetos útiles para la gente.
El padre, un buen artesano que tejía las alfombras más cómodas y deslumbrantes del país.
La hija seguía sus estudios con buenas notas, tenía amigos y no le faltaba nada para ser feliz.

Dije que eran felices porque ya no lo serían tanto desde que a la ciudad de Mandamás llegó como alcalde don Ernesto Robanote.

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Albania (capítulo final)

Yendo hacia el centro de Madrid, al encuentro con mis amigos, tuve varias razones para dar media vuelta y dejar esta ciudad sobrevalorada, de la que se dice que es cosmopolita, humana y en la que todo el mundo es bienvenido, obviando que aquí también hay norte rico y sur pobre.

Acostumbrado a Oslo, Madrid me parecía una barbarie. Rudeza y anarquía. Parecía que, o las normas eran muy laxas o no había normas. Imposible reflexionar con tanta agitación.

Reservé habitación en el primer hotel con parking que vi y me lancé a una noche de juerga sin límites que estimularía mis neuronas para dar con la clave o, al menos, para entender a mi abuelo. Albania.

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Albania (capítulo 4)

Fuimos todo el trayecto desde la clínica hasta la casa de mi tía Aurora en silencio. Me fijé en su bolso, que estaba abierto y bien a la vista como para demostrar que no había nada que ocultar y no ví nada extraño tipo revólver, bazooka o cazabombardero. Pensé en si esta visita me estaría perjudicando mentalmente.

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Albania (capítulo 3)

A todos nos pasa. Si en el rompecabezas inconsciente del cerebro hay alguna pieza sin encajar, éste se vuelve temeroso y alerta. Te obliga a fijarte en detalles que pasas por alto en estado de relajación. Puede que por eso vi lo que me pareció la culata de un revólver en el bolso semiabierto de mi tía cuando cambié a quinta al acceder a la autopista. No me atreví a preguntar. La siguiente vez que miré hacia la palanca de cambio, el bolso estaba en el regazo de mi tía y cerrado.

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Albania (capítulo 2)

 

-¿Quién?

+Ernesto.

-¡El cesto de tu puta madre, que ya sé quién es. Como me jodas otra vez, te arranco los cojones con las pinzas pa los pelos. Y el cesto del pan me lo dejas, hijoputa, malhablao. Como me encuentre cristales dentro del pan otra vez, te llevo con tu madre pa que te meta dentro suya otra vez y le coso la regaña pa que no salgas ni pa ver el fútbol!

Entonces utilicé mis habilidades internautas y utilicé palabras clave. Igual que en un buscador de internet.

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Albania (capítulo 1)

Gracias a mi padre soy lo que soy. No sé si se lo debo agradecer o culparle de ello. El caso es que mi vocación desde niño fue la de policía. En mi casa no la debían valorar mucho porque nunca me regalaron nada que pudiera recordármela; ni una pistola de juguete. Cuando me la hice yo con dos palos y un clavo, mi padre los desunió y me dijo: -¡Hala! ya tienes dos cervatanas. Sopla hijo, sopla.-

 

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En el metro

En el metro de una ciudad, como todas, demasiado grande.

Ella entra en el cuarto vagón. Cansada, agradece que a esas horas no haya mucha gente y se pueda sentar.

Elige la parte de atrás porque le gusta observar a la gente; desde esa posición, parece natural mirar hacia delante y contemplar a los pasajeros sin parecer curiosa.

Entre sentarse al lado de una bola de panceta sudorosa que escucha algo con sus auriculares e intenta moverse rítmicamente y un señor mayor de traje gris que lee sosegadamente algo en su tableta, escoge lo menos pringoso.

El señor del traje gris ya estaba preparado. Deja que pasaren unos minutos y entabla conversación.

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