Albania (capítulo 3)

A todos nos pasa. Si en el rompecabezas inconsciente del cerebro hay alguna pieza sin encajar, éste se vuelve temeroso y alerta. Te obliga a fijarte en detalles que pasas por alto en estado de relajación. Puede que por eso vi lo que me pareció la culata de un revólver en el bolso semiabierto de mi tía cuando cambié a quinta al acceder a la autopista. No me atreví a preguntar. La siguiente vez que miré hacia la palanca de cambio, el bolso estaba en el regazo de mi tía y cerrado.

Uno de los mayores privilegios que tenemos los periodistas,  los policías y algún que otro profesional, es que podemos fingir que nos llaman en cualquier momento y cualquier situación sin levantar suspicacias. Caminando por el pasillo de la planta de mi abuelo, llamó mi atención el cagamento en el santoral por orden alfabético que se oía a través de una puerta mal cerrada de una de las habitaciones. Cogí el móvil y le dije con gestos a mi tía que siguiera hasta la habitación de mi tío y que yo iría después. Cuando mi tía se alejó lo suficiente, entré en la habitación de la que salían las voces.

-¡Oiga! Usted no tiene que estar aquí. Váyase o llamo a seguridad.

Me sonó un tanto exagerado tratándose de la limpiadora de una clínica. Tiré de intuición. Cerré la puerta y comencé a hablar en voz baja.

-Perdone. Soy periodista y estoy investigando el funcionamiento de las clínicas privadas porque se sospecha que hay irregularidades en el convenio de los trabajadores de limpieza. Todo lo que me quiera contar será confidencial.

-Mire. Todo lo que tenga que contar, ya lo saben los inspectores. Vaya a investigar al ministerio y averigüe por qué no se cumple el convenio.

-De acuerdo. Tiene razón. Pero, ¿en qué medida puede afectar la situación de ustedes, los trabajadores, a la salud de los enfermos de la clínica? ¿Qué piensa usted?

-Mire, señor periodista. Si usted tuviera una pecera y le pagaran por el número de peces que se mantuvieran vivos, ¿qué haría?

-Alimentarlos bien y que tuvieran agua fresca siempre, supongo. No soy muy de peces.

-Y si se le muriera uno, ¿qué haría? Piense que perdería dinero por tener un pez menos en la pecera.

-Supongo que lo quitaría de la pecera porque contaminaría a los demás. ¿No? ¿O lo dejaría para alimento de los otros peces? No sé. No entiendo nada de peces. Explíquese, por favor.

-Sí, lo que usted dice es lo razonable. Pero en esta pecera no es… ¡Ah!

En ese momento entró Aurora en la habitación abruptamente interrumpiendo la conversación y, sin una palabra, me fui detrás suyo.

Recorrí el tramo de pasillo hasta la habitación de mi abuelo como si estuviera en trance. Tenía que seguir a mi tía sin preguntar y sin rechistar, como un niño, mientras me iba preguntando por qué lo hacía. ¿Tenía miedo? NPI

Lo primero que sentí cuando entré en la habitación de mi abuelo fue dolor. En cuanto le vi, se me cayó la imagen que conservaba de él en marco de plata y me rompió los dedos de los pies. Me encontré un viejo decrépito al que no conocía. Él sí me conoció enseguida:

-Chico. ¿Sigues mirando y contando lo que ves? Ven.

Nos abrazamos. Ninguno de los dos con cariño sincero. Yo por remordimiento y él por interés o por locura. Eso es lo que yo quería saber. Charlamos unos minutos de lo del pueblo, de la pesca, del pasado en general. Me pareció que estaba bastante lúcido. Mi tía y el enfermero empezaron también a charlar entre sí, aburridos de nuestra conversación. Tras un gran rato, el enfermero se marchó a seguir con sus obligaciones y mi tía sintió sed y fue a comprar agua. En el mismo instante en el que estuvimos solos, mi abuelo me cogió del brazo con una fuerza descomunal para su estado y me sacó de la habitación.

Me llevó al ascensor, subimos al último piso y lo mantuvo ahí mientras hablábamos.

-¿Por qué estamos aquí abuelo?
-Para que no nos escuchen. O, por lo menos, que nos escuchen menos.
-Abuelo. Nadie nos escucha. Estamos en un ascensor. Y aunque fuera en otro sitio…
-¿Estás seguro, chico? Dime el número de tu cuenta bancaria y tu contraseña. Yo no puedo utilizarla, lo sabes.
-Hombre, abuelo. De todas formas, esos datos ya están guardados en algún sitio. ¡Hala! Te los digo: xxxxxxxx…
-¡Bien chico! Ahora voy a salir del ascensor un momento. No podré escucharte. Cuando salga, quiero que digas en voz alta cuándo y dónde le fuiste infiel a Hela la última vez.
-¡Abuelo! ¡No la he engañado nunca! ¿Qué es esto?

Me enfadé. No era tanto indignación como frustración cuando vi en su mirada que lo sabía.
Y si sabía eso, debía saberlo todo de mí. También mi abuelo me había ganado sin jugar la partida.

-Abuelo, yo…
-Chico. Eso es parte de tu vida. No lo juzgo. Pero yo lo sé. Ni te imaginas cómo lo he sabido. ¿te atreves a decirlo en voz alta dentro del ascensor pensando que nadie te escucha?
-¡Joder, abuelo! ¡Pues no! Si quieres que sea paranoico, vas bien. Pero, ¿qué coño quieres de mi?
-Albania, chico. Quiero que me digas si Albania sigue en su sitio.
-Abuelo. Albania es un país. Los países normalmente no se mueven. ¿Tu Albania qué es?

En ese momento nos encontraron. Una enfermera y mi tía Aurora. Aún noto olor a quemado cuando pienso en la mirada que me echó mi tía en ese momento.

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