Albania (capítulo final)

Yendo hacia el centro de Madrid, al encuentro con mis amigos, tuve varias razones para dar media vuelta y dejar esta ciudad sobrevalorada, de la que se dice que es cosmopolita, humana y en la que todo el mundo es bienvenido, obviando que aquí también hay norte rico y sur pobre.

Acostumbrado a Oslo, Madrid me parecía una barbarie. Rudeza y anarquía. Parecía que, o las normas eran muy laxas o no había normas. Imposible reflexionar con tanta agitación.

Reservé habitación en el primer hotel con parking que vi y me lancé a una noche de juerga sin límites que estimularía mis neuronas para dar con la clave o, al menos, para entender a mi abuelo. Albania.

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Albania (capítulo 3)

A todos nos pasa. Si en el rompecabezas inconsciente del cerebro hay alguna pieza sin encajar, éste se vuelve temeroso y alerta. Te obliga a fijarte en detalles que pasas por alto en estado de relajación. Puede que por eso vi lo que me pareció la culata de un revólver en el bolso semiabierto de mi tía cuando cambié a quinta al acceder a la autopista. No me atreví a preguntar. La siguiente vez que miré hacia la palanca de cambio, el bolso estaba en el regazo de mi tía y cerrado.

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Albania (capítulo 1)

Gracias a mi padre soy lo que soy. No sé si se lo debo agradecer o culparle de ello. El caso es que mi vocación desde niño fue la de policía. En mi casa no la debían valorar mucho porque nunca me regalaron nada que pudiera recordármela; ni una pistola de juguete. Cuando me la hice yo con dos palos y un clavo, mi padre los desunió y me dijo: -¡Hala! ya tienes dos cervatanas. Sopla hijo, sopla.-

 

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