Los condenados del rey

La leyenda cuenta que hace muchos años en un reino no tan lejano como el tuyo, vivía un rey de carácter alegre, condescendiente y de muy buen humor. Pero no hasta el punto de que le robaran una calabaza del huerto real.

Cuando se enteró, ordenó buscar al ladrón por todo el reino y, cuando fue encontrado, le condenó a morir: calabaza por calabaza.

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El alcalde Robanote

Eran una familia feliz. La madre, una gran gimnasta y científica afamada. Durante años había inventado infinidad de objetos útiles para la gente.
El padre, un buen artesano que tejía las alfombras más cómodas y deslumbrantes del país.
La hija seguía sus estudios con buenas notas, tenía amigos y no le faltaba nada para ser feliz.

Dije que eran felices porque ya no lo serían tanto desde que a la ciudad de Mandamás llegó como alcalde don Ernesto Robanote.

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La niña y la luciérnaga

Los bichos y los humanos nos solemos llevar fatal. Pero una vez pasó que una niña y una luciérnaga se encontraron en el monte y se hicieron amigas.

La luciérnaga se metió en uno de los bolsillos de la chaqueta de la niña, y desde allí, podía ver todo el paisaje mientras la niña seguía de excursión.

Pronto comenzaron a intentar comunicarse. La luciérnaga escuchaba perfectamente a la niña, aunque le molestaba su voz atronadora para sus pequeños oidos. Pero la niña no podía oir nada de lo que la luciérnaga decía porque su voz era inaudible para ella.

Así que idearon un lenguaje luminoso: un destello de la luciérnaga significaba “sí”, dos, era “no” y varios era “risa”.

De este modo pasaron toda la excursión. Pero al llegar a la ciudad, la luciérnaga se sintió intimidada. Había luces por todas partes y más luminosas que la suya. Entonces, pensó que la niña ya no la querría porque las luces de la ciudad eran mejores. Se escapó del bolsillo y se volvió al monte.

Artemisa, Ernesto y la luciérnaga

A Artemisa no le gustaba su nombre. Lo odiaba.
Sabía que su nombre era el de la diosa protectora de los animales salvajes y ella adoraba a los animales salvajes: tigres, ciervos, águilas, cebras y hasta ratas.

Pero ella, aunque se llamara Artemisa como la diosa, lo único que veía todos los días eran cuatro vacas esqueléticas, un perro mimoso y pulgoso, un cerdo cebado y un gato arisco que no se dejaba acariciar.

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