La Pelambrera

Delirando, Gloria, todo lo imaginaba con pelo. Ella misma, su madre a la que casi no conoció, sus juguetes… En la cama de su abuela, entre sudores y espasmos, veía a sus muñecas con el pelo hasta el suelo; a los castillos de piezas que construía de niña les caían melenas desde las almenas; los coches con los que jugaba dejaban una estela de pelo cobrizo, castaño, rubio, pelirrojo.
Cuando volvía del delirio, lo primero que hacía era buscar su nuca para encontrar su mata de pelo y seguirla con las manos hasta donde daba su envergadura.

Entonces, se asustaba al encontrase en casa ajena, totalmente empapada de su sudor y de la humedad pegajosa que dejan los sueños cuando se han vivido bien.

Gloria estaba en casa de su abuela por no haber podido vivir bien sus sueños. Estaba en el lado malo de la filosofía de Hayek. Nada le había salido bien desde que su madre murió. Pasó rápido de la niñez a la edad adulta viviendo con su abuela. Se independizó y en pocos meses pasaba de emprendedora a endeudada y menesterosa y vuelta a empezar hasta que las deudas hicieron quebrar la rueda. Todo por causas ajenas, por el sistema, pensaba ella.

Se había dedicado al cultivo de cítricos en un país africano con mucho sol, pero con poca agua. A la fabricación de muebles modulables cuando Ikea tenía ya invadido el mercado. A las franquicias de pizza a domicilio cuando ya las ciudades estaban saturadas de miercomida. La última empresa que emprendió fue una estafa piramidal mediante inversiones en el Forex. Su puesto en la cárcel lo ocupaba su marido que figuraba como administrador único de la empresa ya que, con el historial deudor de ella, no habrían podido poner en marcha la empresa a su nombre.

Eran ocho años de prisión. En ocho años no tendría al testaferro habitual. Cuando calibraba cómo debería ser el siguiente, llegó su embarazo. ¡Joder! Lo último que había hecho el inútil de su marido antes de ir al maco había sido embarazarla. Y ahora la dejaba sola y sin dinero.

Los vecinos de Asunción, cotillas como todos los vecinos, sí, todos, se preguntaron quién era esa chica embarazada y ¡sola! que entraba en su casa.

Asunción, ya vieja pero con veinte años más en su curriculum que en su aspecto, no era conocida por su nombre por casi nadie. Era «La Pelambrera». Y no era despectivo. Sin embargo, pocas personas se atrevían a acercarse a ella para algo más que desearle buena suerte o para ayudarle a llevar algún objeto pesado o cederle su lugar en una cola. Infundía el respeto que produce la incertidumbre de que el diablo haga el trabajo que dios deja por hacer. El temor y el agradeciemiento eran el colchón en el que descansaba Gloria.

Al principio, hace años, se dedicaba a visitar todas las peluquerías y barberías a diario para recoger el pelo cortado que estaba en el suelo y que iría a la basura tras barrer. Entonces le permitían barrerlo y llevárselo y, poco después, algunos hasta le cobraban por recogerlo. Pero a medida que cambian las situaciones de poder, cambia el mercado. Al tiempo, sin pedirlo, le dejaban el pelo recogido en bolsas a la puerta de las peluquerías y, poco después, le comenzaron a dejar las bolsas cargadas de pelo a la puerta de su casa.

Gloria se había despertado en su habitación de la casa de su abuela. Con su embarazo avanzado y su debilidad podía moverse, pero con dificultad. Le pudo la curiosidad de ver que todo estaba igual que siempre. Los muebles, la ropa de cama, las cortinas y hasta sus juguetes de niña igual de des/ordenados como ella los tenía siempre. Se pasó varias horas rememorando momentos cada vez que cogía un objeto. Sentía una inmensa gratitud hacia su abuela por haber guardado su infancia a pesar del abandono en que la había tenido tantos años hasta ahora, que la necesitaba. En un dolor que podría ser una contracción recordó algo que tenía casi olvidado: la bola de pelo. No tuvo que buscarla porque la encontró en el mismo sitio donde siempre estaba: en un hueco de la pared tapado por un falso ladrillo. Era una bola de hojalata del tamaño de una naranja grande. Siempre estaba escondida a los ojos de los hombres de la familia. Pasaba de madres a hijas y contenía el pelo de la madre muerta. Tenía unas rendijas muy pequeñas por las que se podía respirar el aroma de la madre fallecida y recordar su presencia.

Gloria recordó el momento en que, cuando era niña, su madre le mostró la bola de pelo por primera vez y le explicó la tradición: cuando la madre muere, sólo queda el recuerdo pero nada material. Incluso, aunque queden las cenizas, éstas nada tienen que ver con tu madre. Pero el pelo se mantiene intacto durante años o siglos y, si se almacena adecuadamente, guarda y desprende su aroma, el aroma de la madre. Cuando todo va mal o cuando necesitas elegir un camino, consultar a la bola de pelo hace que cualquier problema se vuelva simple, como tirar una moneda al aire y poder elegir dos opciones. La bola te proteje como una madre a su niña.

La Pelambrera

Recordaba vagamente que estaba en el lecho de muerte de su abuela, en la misma casa en la que estaba ahora, y su madre le explicaba que debían cortar el pelo de su abuela poco tiempo después de que ésta muriera. Después, debían sacar el pelo que hubiera en la bola de hojalata, que pertenecía a su bisabuela, y reemplazarlo por el de su abuela.

Inesperadamente, su abuela dejó de estarse muriendo para recuperarse con una energía impropia. Su madre se alegró sobremanera y Gloria también aunque secretamente, con la inocencia de una niña, le habría gustado cortar el pelo de su abuela para meterlo en la bola de pelo. Inesperada fue también la muerte de su madre a los pocos días de la recuperación de su abuela.

Hacía muchos años que el orden de entrada a la casa del moribundo había cambiado en el pueblo. De médico, familiares, cura… se había pasado a Asunción y lo que dijera Asunción que había que hacer. La primera decisión ante una gran enfermedad era llamar a La Pelambrera. Asunción acudía siempre a casa rica o a casa pobre. El enfermo debía estar encamado. Ella introducía un pequeño cojín relleno del pelo que les sobraba a los demás debajo de la almohada del enfermo y, al día siguiente, diagnosticaba el mismo cojín. Si el cojín había desaparecido, el enfermo se recuperaría en breve. Si el cojín seguía ahí, había que quemarlo y llamar al cura.
Asunción se ganó el respeto, la gratitud, y quizás el miedo, de la gente gracias al altísimo poder de curación. Casi todos los moribundos encojinados recuperaban la salud. Eso sí, había una regla clara, inflexible y razonable: sólo se podía utilizar una vez por persona, no fuera que nadie se muriera y se llenara todo el pueblo de viejos inmortales.

Cuando Gloria abrió la bola de hojalata se sorprendió: no había ninguna mata de pelo, sólo algunos pocos sueltos. Sentada en el suelo de la habitación con la bola abierta entre sus manos, intentaba recordar alguna explicación a que la bola estuviera casi vacía. Si era una tradición, ¿por qué no estaba llena del pelo de…? ¿De quién? Le parecía una estupidez lo que estaba pensando, pero la bola debería estar rellena con el pelo de su abuela y, claro, su madre debería ser la guardiana de la bola y no al revés. Pero su abuela debería estar muerta… Vaya lío.

El ruido de la llave de su abuela abriendo la puerta principal de la casa la sacó de su ensimismamiento. Se sentía fatal y se arrastró hasta la cama con la bola de pelo en las manos.

-Abuela, me siento muy mal. Llama a una ambulancia, por favor. Creo que estoy a punto de parir ya.

+Tranquila, vendrá el médico enseguida. Aquí estarás mejor que en el hospital. ¿Cómo vas de contracciones?

-Ya cada poco, tengo miedo.

+No te preocupes, acabo de hablar con el médico, cuando sean más seguidas, vendrá en diez minutos con una comadrona. Está pendiente de nosotras. ¿Qué haces con eso? Dámelo.

-Abuela, no te enfades. Es la caja de pelo. Me había olvidado de ella y me hizo ilusión encontrarla. Pero, ¿por qué no tiene casi pelo? Me acuerdo de la tradición. Me la contó mi madre.

+Te has dejado la tisana en la mesita. ¡Ay! Salgo un rato y no haces lo que tienes que hacer. Espera que te la caliento.

+Aquí está. Tómatela caliente y tómatela ya. Así alivias los dolores mientras llega el parto. ¡Cómo se nota que eres primeriza!

-Ya me la tomé, abuela. ¿Me cuentas ahora lo de la caja de pelo? ¿Por qué no tiene el pelo de mi bisabuela?

+¡Mi niña! Tu madre tuvo miedo de contarte la tradición completa. Claro, eras tan pequeña. ¿Sabes cómo me gano la vida? Sano a la gente que nadie puede

sanar. Hago cojines de pelo basura y, en cada cojín, pongo un pelo de la bola de pelo. Por eso está casi vacía. Y por eso necesito más.

-No te entiendo, abuela. Me siento muy mal.

+Eras muy pequeña. En la bola de pelo debería estar siempre el pelo de la abuela. Cuando se acaba el pelo de la bola de pelo, la madre tiene que morir y la hija tiene que cortarle el pelo para rellenarla. Nuestra vida dura hasta que se acaba el pelo de la bola de pelo. Pero yo no quería morir y me salté la tradición. Aguanté como pude y le dí esa misma tisana que te acabas de tomar a tu madre, a mi hija. Y sigo sin querer morir. Ahora necesito tu pelo y el de la niña que llevas en tu vientre. Yo la cuidaré. Aguanta un poco que ya viene el médico.

 

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