El hombre de los cinco pares de ojos.

Esta es una historia que será real porque yo voy a escribirla, no por otra cosa, aunque la resumo porque no sabría contarla con la voz de ella.

Me la contó una abuela que no tengo, ocurrió en un lugar que no existe y al que no se debe volver y lo que pasó, no le pasó a ella sino a una amiga que no tenía. Sólo la contó una vez y porque se sentía con la falta de pudor que da la cercanía de la muerte. Y yo estuve allí.

Seguir leyendo “El hombre de los cinco pares de ojos.”

Con papá

Era de las guapas que no saben que lo son o que lo saben pero no les importa.

Sentada en su sillón favorito y habitual, notaba en el envés de su lado bueno de la cara el calor del sol ya mortecino del otoño a las cinco. Se entretenía rascando la sustancias resecas de los brazos del sillón, producto de tantas comidas y tantos errores en ellas y, aunque estaban razonablemente limpios, su exacervado sentido del tacto le hacía descubrir partículas insignificantes para una persona normal y las categorizaba incluso por el aroma, símplemente con la información que le llegaba de sus yemas y de su pituitaria.

Seguir leyendo “Con papá”

En una calle concurrida

Aparte de pellizcarte, una de las formas de saber que estás vivo es ver fantasmas: si los ves, significa que no estás entre ellos, aunque puede ser que lo estés de otra manera, pero no en el sentido estricto.

Por aquello de la tradición popular, yo siempre pensé que no los vería hasta estar pronto a morirme, aunque ahora que lo pienso, pudiera ser que esté cerca de espicharla y es por eso que se van dejando ver “de a poquitos”.

También suponía que eran traslúcidos y amedrentadores. Pero todas mis ideas alicatadas al respecto reventaron el día que vi a Ernesto.

Seguir leyendo “En una calle concurrida”

Déjà vu invertido

-Buenas noches papá.
+Buenas noches. Que duermas bien.
¡¡Crash!!

-No sé cómo explicarlo, doctor. Fue como un déjà vu al revés. En lugar de creer estar en una situación ya vivida, me sentí como usurpando la vida de otro. La personita que cerraba la puerta de su habitación y se despedía con la sonrisa de no tener que madrugar al día siguiente no era mi hija. Es difícil de explicar. Seguir leyendo “Déjà vu invertido”