Cenando

Ernesto y Nora suelen ponerse al día por la noche, en la cocina cenando. Se ríen, discuten, charlan, se miran y se comparten.

A veces se enfadan.

-¡No sé por qué me dices que soy un desconfiado! ¿Tu olla, que siempre va de aquí para allá, alguna vez se posó en el helipuerto del sentido común?

+Ernesto, no es para tanto. No te dije que…

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¡Corre, joder! (con final)

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Joder. Casi me cogen. Me agarró de la camiseta y casi me tira al suelo. Creo que me la rompió. Con lo que me costó.
Estoy corriendo. Creo que son tres o cuatro los que me persiguen. Corro más que ellos. Creo.
Debí hacerles caso y darles el dinero cuando me dijeron que si se lo daba me dejarían ir sin más. Seguir leyendo “¡Corre, joder! (con final)”

Ph

El Ph de la piel humana anda entre 5 y 5.5. El del agua ronda el 7.

Ya nadie se acordaba de la celebrada misión a Júpiter. Habían pasado tantos años desde el histórico despegue, que la noticia de la vuelta de los astronautas no tenía ya mayor interés para las empresas de la prensa.

Las autoridades recibieron a los astronautas como a funcionarios de los de Roma a Flandes. Con discreción.

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De colores

Ernesto y Nora salieron a la calle en busca de aire menos contaminado que el de su casa.

Cruzando el parque se encontraron con un niño con toda la piel teñida de verde mientras observaba a otro montado en una bici; a una niña coloreada de rojo a punto de darle un palazo a otro crío que estaba a su lado y a un corro de críos contra la pared, blancos como una sábana puesta al sol en verano y a otro niño amenazándoles. Curiósamente, el niño amedrantador tenía color de  piel natural. Color carne.

A lo lejos ya divisaron la mesa de la terraza en la que se habían citado con sus amigos para tomar el vermouth. Era fácil, sólo había que otear el negro brillante de Fonso, pesimista desde antes de nacer.

Como ya era costumbre desde que nadie podía evitar exteriorizar sus sentimientos, los que ya estaban en la mesa pusieron al día a los recién llegados.

Sofía estaba verde porque envidiaba a Laura por tener un novio tan guapo y tan divertido. Cristián, novio de Sofía, estaba naranja tirando a rojo por la vergüenza de ser feo y aburrido para su novia y por su enfado con el novio de Laura aunque fuera injustificado.

Laura explicó que Rafa, su novio, no estaba porque tenía sesión de depilación. Y se rió contando que, cuando vuelve de la depilación, no sabe si está enfadado o no de lo rojo que está.

Clara estaba amarilla por lo de su hipocondría. La última enfermedad que se había autodetectado era tan rara que no había ninguna cura en todo el mundo. Siempre proponía a todo el mundo buscar su enfermedad en internet para que le dieran pábulo.

Fonso, el tintado de negro, era el novio de Clara. No dijo nada nuevo ni dio explicaciones: -Todo es una mierda.-

Tras las presentaciones, Ernesto y Nora se sentaron con sus amigos, pidieron sus cervezas y charlaron como siempre.

Tras la primera cerveza a Nora le delató su color gris. Estaba aburrida. Todos le dijeron que se fuera, que no era plan de estar por estar. Ernesto estuvo de acuerdo y se fueron caminando sin rumbo.

Nora preguntó:

-Ernesto, tú casi nunca tienes ningún color. Es raro. Es como si no sintieses nada. Como si todo te diera igual. Todo el mundo es transparente gracias a su color menos tú. Contigo hay que hablar sin saber si dices lo que sientes o no. Y eso es muy difícil de aguantar.

Y Ernesto contestó:

-Nora, soy de color rosa. El color de la ira. Es el que no quieren que veamos. No está permitido. Pero algún día todo será de color rosa. No lo dudes.

El hombre de los cinco pares de ojos.

Esta es una historia que será real porque yo voy a escribirla, no por otra cosa, aunque la resumo porque no sabría contarla con la voz de ella.

Me la contó una abuela que no tengo, ocurrió en un lugar que no existe y al que no se debe volver y lo que pasó, no le pasó a ella sino a una amiga que no tenía. Sólo la contó una vez y porque se sentía con la falta de pudor que da la cercanía de la muerte. Y yo estuve allí.

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Con papá

Era de las guapas que no saben que lo son o que lo saben pero no les importa.

Sentada en su sillón favorito y habitual, notaba en el envés de su lado bueno de la cara el calor del sol ya mortecino del otoño a las cinco. Se entretenía rascando la sustancias resecas de los brazos del sillón, producto de tantas comidas y tantos errores en ellas y, aunque estaban razonablemente limpios, su exacervado sentido del tacto le hacía descubrir partículas insignificantes para una persona normal y las categorizaba incluso por el aroma, símplemente con la información que le llegaba de sus yemas y de su pituitaria.

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