Booca

Me relaja el sonido de una moneda de dos en cuanto lo huelo, al vuelo, antes del estruendo al chocar contra las monedillas de céntimos adormecidas en la gorra. Siempre miro a todo el mundo, es mi trabajo, pero no bien a todos. Al que lanza una moneda de uno o dos, le sigo con la mirada y le imagino la vida sin saber si acierto o no, ignorando si lo hace por piedad o por identificación.

Esta vez mi mirada fue fotogénica desde mi bajo punto de vista porque estaba observando su mano adentrándose en su bolso desde unos metros antes de llegar a mi posición. Y me consta que rebuscó más monedas pero no encontró. Le hubiera sugerido algún billete, pero la situación no lo permitía.

La gente no se quiere identificar. Puede ver mi figura de miserable desde lejos y decidir si darme una limosna, pero raro es el que me mira de cerca a los ojos. Y lo entiendo. A mí me pasaba lo mismo cuando estaba en el otro lado. Hay compañeros que no soportan eso, que no te miren, que sólo te vean, estar excluídos de la vida normal y que la gente nos vea como a animales.

Pero esa es otra historia.

Hablaba de que la ví revolviendo en su bolso y sacando una moneda para echarla en mi gorra de lana. Como la seguía con la mirada desde lo lejos que te permite la muchedumbre, pensé que buscaba otra cosa, pero no. Era mi moneda de dos. Ví su mano cuidada, sus piernas bonitas y sus ojos mirándome como entre odio y gratitud. La moneda cayó y ella se fue mirándome fijamente y sonriendo como un caballo al relinchar mostrando todos sus dientes y señaládoselos con el índice de la mano izquierda.

Al alejarse poco a poco con su sonrisa-mueca y su mirada fija en mí, la reconocí por fin.
Era de mi barrio. No sé su nombre. La llamábamos La Booca. Con varias oes, porque le faltaban unos cuantos dientes de los que se ven. Hay quien dice que fue su padre y quien dice que sus hermanos, pero a fé que los dientes no se escapan por gusto.
Vendía a cien su boca y tenía bastante clientela.

La vez que la iba a probar era el último de todos mis amigos y, cuando me tocó el turno, la ví exhausta. Máquina deshecha.

Me dijo que no podía más. Que la ayudara a salir de ahí y a buscar algún sitio donde vivir.

-Toma doscientas. No me hagas nada. Me voy y no se lo digas a mis amigos.- Respondí yo.

Recordando esto, pensé en que la vida tiene puerta de atrás. No sé si doscientas es igual que dos pero me considero pagado y seguro que ella más que satisfecha.

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