Con papá

Era de las guapas que no saben que lo son o que lo saben pero no les importa.

Sentada en su sillón favorito y habitual, notaba en el envés de su lado bueno de la cara el calor del sol ya mortecino del otoño a las cinco. Se entretenía rascando la sustancias resecas de los brazos del sillón, producto de tantas comidas y tantos errores en ellas y, aunque estaban razonablemente limpios, su exacervado sentido del tacto le hacía descubrir partículas insignificantes para una persona normal y las categorizaba incluso por el aroma, símplemente con la información que le llegaba de sus yemas y de su pituitaria.

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