Mi morena

Me encontró en la rambla. Yo iba caminando solo y mal. Espantosamente mal. Tenía un mal día producto de una mala semana consecuencia de un mal año por culpa de un mal nacer. Me senté en un banco a darle de comer a las palomas y la vi llegar.

Concretamente vi a su grupo. Ella no me llamó la atención. Era un grupo más de gente que pasa y yo, como las palomas, no les prestábamos atención. Cuando ya habían pasado, sí que la ví porque se quedó apartada del grupo en el que iba y vino directa hacia mi banco. Era guapa guapísima. Morena y bien vestida. Ahí sí que la vi bien y lo disfruté. Y llegó a mi banco y se sentó junto a mí. Con cinco segundos de silencio ya supo qué decir. Pero ninguno de los dos hablábamos con soltura el idioma del otro así que nos decidimos por un tercero que nos permitió comunicarnos hasta ayer. Me preguntó por qué les daba a comer a las palomas mis medios cigarrilos desbrozados. Yo le mostré a las palomas comiendo mi tabaco con ímpetu y le dije que lo hacía para que me ayudaran a dejar de fumar. Ahí se acabó la breve conversación. Tras unos minutos de vecinos de banco de la rambla, me lo dijo:
-Tú me necesitas. Ven conmigo.
Y me fui con ella.

Éramos la viva imagen de la puta que lleva al cliente borracho a donde quiere. De la mano, ella delante caminando rápido y yo detrás haciéndome de rogar. Y me introdujo en el sitio más triste de los que había estado nunca y al que volvería muchas veces más; aunque no en el mismo país, hay muchos en cada uno. En ese café-restaurante había ancianidad y adolescencia pero no había parejas de viejos ni de adolescentes. De hecho, los comensales nos miraron con rictus. Dos personas, hombre y mujer de parecida edad desentonábamos. Pedimos la cena pero sólo cenamos vino.

Ella empezó:
-No soy una puta. Tengo un buen trabajo y voy a pagar la cena.
+Yo tampoco lo soy. Pagaré yo lo siguiente.
Pagué la habitación del hotel más cercano pero antes de marcharnos ya habíamos resuelto casarnos en su país y que yo aprendiera bien su idioma y que, con mis estudios, no iba a tener problema en tener un gran empleo allí.
-Te puedes quedar aquí para entoxicar palomas o venir conmigo.

Fueron unos días feos de barco, de arribar a un país desconocido con gente desconocida que hablaba un idioma sólo a veces inteligible. Pero pasaron rápido teniendo en cuenta mi edad actual.
Es verdad que no me costó nada conseguir un buen empleo; incluso podía elegir. Todo era liberador. Cuesta abajo.
Con el tiempo, mientras me acostumbraba a la nueva vida, ella me dijo que necesitaba tener hijos. No sé si se refería a ella o a mí. Empezamos a tenerlos. Uno tras otro. Hasta cinco. No sé si no más por ella o por mí.
Y nada más. Eso fue el principio y, después de cuarenta años siento que no ha pasado nada más desde entonces.

En eso pienso ahora, en el velatorio de ella, mi morena. La que me encontró tirado en un banco atribulado, indeciso, desesperado y me hizo la vida sencilla. Y aburrida. Perdida.
Ahora es fácil encontrar a cualquier persona. Su número de teléfono, su dirección… hasta sus gustos culinarios. He llamado a mi mujer. Imagino que legalmente seguiremos casados, eso no caduca aún después de cuarenta y pico años. No me despedí de ella cuando me fui. Ni de nadie. No sé porqué la llamé. No por joder. No por volver. Puede que por compasión. Para que no siguiera esperandome. La llamé y hablamos con sorpresa pero sin rencor por su parte y sin culpa por la mía. Hasta que soltó el sortilegio:
-Tú me necesitas. Ven conmigo.
Entonces colgué.
Las palomas comen ahora el tabaco rubio igual que las de antes el negro.

Mi morena
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