Tortura

tortura

El sonido de la segunda falange del dedo anular al romperse por la fuerza de una palanca se parece al de una nuez al cascarla.

Pero sólo se puede oir a cierta distancia.

El propietario del dedo no consigue oirlo nunca porque las señales que la vibración de sus tímpanos deberían llevar al cerebro se bloquean ya que, para el cerebro, es prioritario el dolor que se produce cuando las astillas del hueso rompen varios nervios.

Es cuestión de prioridades.

En el centro de detención ilegal instalado en el segundo sótano de la embajada algunos oyen nueces y otros no.

Buscando la perfección, ya no había salas de tortura. En cada celda había todo lo necesario. De esta forma se evitaba que los presos sintieran alivio al salir de la sala y llevarlos a la celda. En su celda los iban a torturar y en cualquier momento.

Lo del dedo era el comienzo de la segunda fase. En la primera no hubo resultados.

Al octavo día, el padre volvió a la celda de su hijo, como cada día. Tocaba tibias. Sabía que lo podía dejar cojo de por vida.

La entrada fue la habitual:

-Papá, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Qué quieres?

Como todos los días el silencio era más ruidoso que la respuesta del padre.

Metódico, destrozó durante veinte minutos las piernas de su hijo fijando su mirada en los puntos de golpeo y su mente en algún episodio feliz de la infancia.

Al salir de la celda de su hijo, dejó la barra de hierro a la mano que se la pedía y escuchó con rabia mientras le palmeaban la espalda:

-Parece que hoy tampoco. No te preocupes, que mañana seguimos. Lo estás haciendo bien. Lo conseguirás. Lo conseguiremos.

Al decimosexto día, si lo demás había fallado, tocaba extirpación. El método.

Cuando el padre entró en la celda vio una amalgama de carne y huesos rotos que se parecía a su hijo y recordó la primera vez que subió a un tren de niño.

Cuando el cerebro recibe ciertos estímulos constantes durante un período prolongado de tiempo se adapta a ellos. Es lo que llamamos acostumbrarse. También sirve para el dolor.

El hijo, ya sin dientes y con la mandíbula rota, no podía más que balbucear pero el padre le pudo entender. Un padre siempre es un padre.

-Papá. ¿Por qué me estás haciendo esto? Yo no sé nada. No sé por qué estoy aquí. ¿Qué quieres que diga? Mátame ya. No se lo diré a mamá.

El padre sintió la lágrima que salió de su ojo izquierdo y que empezó a resbalar por su mejilla y que iba quemando un año de su vida por cada milímetro que bajaba.

Cuando la lágrima llegó al suelo rompió la baldosa y la celda entera con un estruendo ensordecedor dentro de su cabeza.

-Hijo. Claro que tú no sabes nada. Yo sí y por eso estamos aquí. Esta es mi tortura. Intenta sobrevivir. Te quiero. Estate quieto, tengo que empezar por la mano derecha.

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