Yerno informático

A ver si me da tiempo a contarlo.

Ayer llegué a casa con la cabeza loca. Algo fallaba en el algoritmo del proyecto pero no falla siempre. Se revisó una y mil veces por mí y por otros compañeros pero no encontramos ningún error. Funciona siempre excepto en algunos casos sin patrón alguno.

Cuando llegué, me acordé de que me habían invitado a cenar y de que llegaba tarde. Opté por un cambio de ropa rápido: desodorante sobre la que llevaba.

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Pedí un taxi que llegó puntual pero que se pasó un número de portal. No me importa caminar si es necesario, pero me extrañó. Pregunté al taxista sobre su falta de precisión en su idioma:

-Jefe, le dije el 25 y se fue hasta el 31. Me lo descuenta de la factura. Porque quiero factura, ¡eh!

-¿Y quién me paga a mi el ver tu jeta todo el rato por el retrovisor? O pagas o te meto, niñato. Pero sí que es raro que se equivoque el GPS. Nunca me había pasado. Y bien, ¿pagas o lo otro?.

Euro arriba o abajo, lo mejor era pagar y salir del taxi. Llegaba tarde a mi cita en la casa de los padres de mi novia.

Tras un camino andando de dos minutos que ya consideraba pagado en el taxi, llamé a la puerta de la casa, porque los padres de mi novia tienen casa con terreno, piscina y todo eso en lo que hay que pagar una pasta para que no se llene de mierda aunque no lo uses casi nunca.

La puerta se abrió inmediatamente. Con una cámara superlenta se podría demostrar que se abrió unos nanosegundos antes de mi llamada.

-¡Hola, Ernesto! Menos mal que llegaste. Te necesitamos. Por favor, vete arriba y José te cuenta.

Era mi futura suegra. Adorable. Salvo que me toma por un peluche o un jarrón o algún otro objeto en su perversa mente. Me suele presentar como el novio estudiado de su hija y, alguna vez, me la he encontrado a ella con poca ropa como algo para estudiar.

Subí rápido al despacho del Pepiño, como le llama todo el mundo menos yo: José.

Me lo encontré raro. Yo puedo estar raro si me cambian de sitio el pan de molde en el supermercado, pero José perdió tres dedos pegándose por placer con una barracuda; le pegaron un tiro con cartucho a la espalda y aún tiene un perdigón adosado a la espina dorsal; mató gente en la época en que se podía matar con impunidad y aún le quedan ganas. Tiene que haber un motivo para que él esté raro.

Me dio un saludo rápido pero auténtico. Se alegraba de que hubiera llegado.

Iba a hablarme pero se quedó mudo cuando vio que tenia un tercer barco en tierra. En Groenlandia exactamente.

José es un armador. De flota pesquera. Eché un vistazo a las pantallas desde las que seguía la situación de sus pesqueros y me pareció que no los tenía muy bien orientados: Groenlandia tirando al centro, Varsovia, al norte de Toronto, en un sitio indeterminado en el Sahel…

Yo, que soy ingeniero informático y que veo numeritos por todas partes, me quedé alucinando y pensando patrones, deformación profesional.

Tras unos segundos mudos, José me contó porqué era tan necesaria mi presencia: la cisterna de un vater no funcionaba bien. A ver si la podía arreglar.

Mientras tenía en mis manos el santo objeto que permitía cagar a salvo de olores desagradables a esta familia, pensé en mis estudios y en lo que se valoraban. Pero también me di cuenta de que la cisterna estaba bien, salvo que funcionaba mal: igual que el algoritmo de mi proyecto.

Quedé fatal porque no supe solucionar el problema de la cisterna del vater, y el que tuviera que tomar un avión para ir a una reunión en la capital les pareció como una excusa barata.

Hasta mi novia me miró mal. Eso fue lo peor: irme sin dejar la cisterna arreglada.

Estoy en el avión. Me arrepiento de no seguir a mi instinto. No pienso rápido y por eso estoy aquí atrapado. Lo intuí hace horas y lo supe hace un rato, calculando. El eje terrestre ha cambiado unos grados súbitamente, el norte no es tan norte ni el sur tan sur y ahora, que debería estar aterrizando en Madrid, sólo veo mar por la ventanilla.

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