Perro

Al viejo, de puro cobarde, sólo le mató la muerte. Al poco le venía a la vieja, pero no se dejó ir porque tenía cuita pendiente. Jamás había disparado la escopeta aunque sabía cómo funcionaba por ver al viejo manejarla. La sacó del armario armero, sacó una provisión de balas y se ocupó buen tiempo en vaciar media docena de metal; sólo dejó la pólvora.

Pensó que le bastaría con seis porque pensó que para ella hubieran bastado dos. Salió al porche de la casa, anduvo despacio y mal por el camino pedregoso que da hasta la puerta que da a la calle,  la abrió y la dejó abierta. Desanduvo el camino y llamó al perro, que fue raudo hasta sus faldas. Lo primero que recibió el perro fue una patada de fantasma; casi al aire por la poca fuerza que tenía ya la vieja, e improperios.

La vieja concentró sin quererlo, todas las palabras malsonantes que conocía con el volúmen más alto de voz que jamás se le había escuchado tras el llanto del nacer. El perro reculó indeciso, con el rabo entre las piernas, sumiso. No sabía qué pasaba pero sabía que algo no estaba bien. Se alejó porque lo alejaban pero él quería acercarse a echarse sobre esos pies viejos en los que tantas veces lo había hecho y lamer esas manos que tantas veces había lamido entre risas de la dueña pero que ahora estaban levantadas manejando un palo.

El palo sonó atronador apuntando al perro. Por instinto, creemos, el perro se dio por aludido y reculó más. Al cuarto disparo, el perro ya había cruzado la puerta con el rabo entre las piernas y estaba tan confundido como puede estar un perro al que su amo repudia.
La vieja ya se sentía fuerte para morirse más tranquila. No podía acatar las órdenes de las autoridades de llevar a todos los perros domésticos a la perrera para exterminarlos por culpa de esa rara enfermedad que los volvía locos. El suyo, al menos, tendría una oportunidad.
Llorando por no poder aún llorar tranquila por su viejo, por llorar por su perro, recorrió con dificultad el camino para cerrar la puerta y, a dos pasos de la puerta, vio los ojos más bonitos que nunca había visto. El animal era el suyo, los ojos no. Los dientes la degollaron mientras ella miraba a esos ojos hermosos que no la reconocían. La jauría hizo el resto.

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