Pescador de bajura

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Mi tío era pescador de bajura. Se utilizan barcos pequeños, casi barcazas y, normalmente, artes tradicionales. Para muchos es un medio de vida y para algunos la vida en si misma.

Mi tío solía tener un aspecto áspero, un genio escondido en una la lámpara que nadie quería encontrar, unos modales perfectamente adaptados a su inadaptación, un aliento que olía a ajeno, unos amores inrenunciables y la fidelidad de un niño de teta.

Íba y venía. No se sabía muy bien a dónde ni de dónde. Ahora pienso que a nadie le importaban realmente ninguna de las dos cosas.
Cuando se iba, parecía acomodarse la comodidad en la familia. Cuando venía, llegaba con su pescado fresquito, fresquito como la intranquilidad que nos inundaba.
Siempre decía cómo tenían que cocinarse los bichos que traía y, aunque nadie sabe de alguien que le viera cocinar alguna vez, tenía razón en sus recetas, aunque era molesto que lo repitiera una y otra vez.

Se murió. Murió en su barco. O con su barco.

Recuerdo la vez que fui con él a pescar. Aún hoy, mis padres no saben explicar cómo fue que me dejaron ir con él.

Por el camino, mi tío me decía que tenía el mejor barco de todos los puertos que conocía. Lo que yo vi era un barquillo igual que otras decenas atracados en el puerto. Más bien desconchado. No me pareció muy atractivo al lado de todos los demás.

De noche en la barcaza no se veían más que las luces de la costa y las de los pescadores hacia el mar para atraer a los calamares. Era época de calamares. Qué ricos.

Tras un tiempo indeterminado de aburrimiento mi tío me empezó a contar las bondades de su barco. No había nada que me dijera que yo no desechara tras comparar mentalmente con los otros barquitos que había visto. Hasta que me contó lo de la deriva. Mi tío dejaba su barco a la deriva para pescar. Apagaba motores, no anclaba y dejaba el barco al arbitrio de la corriente. Yo era pequeño y me pareció una gran idea. Magia. Qué tontos los demás que no lo hacían. Pero mi tío, que era un tipo sincero, me dijo que no podía hacerse con cualquier barco. Cuando dejas a un barco a la deriva, más temprano que tarde, acabas encallando o chocando contra las rocas en la rompiente. Todos los marinos lo saben. Mi tío lo sabía.
Pero su pequeño barquito siempre le respondía. Me contó que cuando más pescaba era cuando tenía estribor a sotavento. Me dijo que una vez con marejada, demasiado para su barco, lo dejó libre y le llevó, no a puerto pero sí a una cala resguardada del temporal.

Cuanto más me contaba, más mágico me parecía el barco. Cuando llegamos a tierra por la mañana, la chalupa destartalada me parecía por lo menos un flipper.

Tras este episodio de infancia, del que no me volví a acordar hasta hace poco, no volví a ver a mi tío.

Perdón, sí lo volví a ver. En su funeral. Ya te dije que se murió, hace unos años. Charlando con algún amigo suyo que me recordaba, me enteré de que todo empezó a acabarse cuando el tipo raro que era mi tío empezó a hacer cosas tan normales que parecían raras. Decían que por fin le había puesto nombre a su barco y que le cambió el motor y que se había comprado un GPS. Y que se le veía navegar, ya era hora, con sentido y gobernando el barco.

Un pescador, el que estuvo más cerca, me dijo que era una noche de temporal. Que puso proa hacia el puerto con el motor a dos tercios y que el barco no pudo con una ola casi de arbolada a estribor. Le pregunté que si había sido una mala maniobra. Me respondió, creo que molesto, que en el mar y en la vida hay que hacer algo o te vas a la deriva. Me dio un poco la risa. Esa risilla estúpida que te sale sin querer cuando crees que has desmontado el jaque que tu adversario tenía tan claro y con el que había descuidado tantas piezas. Me recordé de niño y lo dije con la misma inocencia: -Es que él iba a la deriva.

Aún ahora, en mis resacas, suelo palparme detrás de la cabeza para ver si sigo notando los dos agujeros que me dejaron la mirada de ese hombre.

Cada vez que me acuerdo, me paso unos minutos intentando escudriñar mentalmente la cara de ese pescador. Imposible saber lo que te dice una piedra. Una cara de piedra esculpida por el viento, el corporativismo y la desconfianza.

Perdón otra vez, ayer sí. Por fin lo vi claro. Mi tío navegaba a la deriva. Cuando dejó de hacerlo naufragó.

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