La lechuga y el tomate

La lechuga y el tomate se iban de fiesta.

-Odio este disfraz. Me da calor y no me puedo mover. Si viniera por detrás el asesino que ya ha matado a seis personas en la ciudad, no me daría ni cuenta porque no puedo ni girar la cabeza. ¿Has visto los periódicos? Dicen que debe ser un loco que mata porque si.

+Bueno, al parecer sólo mata a personas solas y yo estoy contigo. Todo un tomate maduro.

 

-Más bien verde. Y no me dejes volver sola a casa. De todas formas podría ser yo la asesina. Te asesinaría a ti por haber escogido estos disfraces.

+Malhumoradilla. Yo te quitaría todas las hojas. Una a una. Para ver lo que esconden y probarlo con la lengua, despacito. ¡Uhmmmm! Me encanta la lechuga.

-Pues a mi los tomates no me sientan bien. Me acaban dando dolor de cabeza. Por cierto, conejito, conejito, que no vaya Ernestito.

+Sí que va a ir. Yo le llamé.

-¡Agh! Ahora te desollaría antes de matarte. Sólo espero que no se disfrace de cebolla. Se nos pegaría toda la noche con la excusa de hacer la ensalada.

+No te preocupes de eso, no irá disfrazado de cebolla ni de ninguna hortaliza ni de… nada.

-¿Qué quieres decir? ¿No has dicho que iba?

+Sí. Pero no le dije que era una fiesta de disfraces. Lo que nos vamos a reir.

-No creo que sea bueno contrariarle ni, mucho menos, humillarle. Parece peligroso. ¿Te has fijado cómo mira? Te traspasa. Te viola con la mirada.

+Eso será a las mujeres. A los hombres nos degolla. Su mirada es como un escalpelo. Ja, ja. Venga, no seas tonta. Es un pobre tipo. El tentetieso que necesita toda pandilla.

-Pues a mi me da miedo. Podría ser el asesino. ¿De quién es amigo?

+Ahora que lo dices, eso mismo me han preguntado otras veces. Pero nadie parece saber por qué está siempre con nosotros ni quién lo introdujo.

-Ahora sí que tengo miedo. Vámonos a casa y te dejo que me quites las hojas.

+No seas tonta y llama al timbre. Hemos llegado.

Dentro de la casa la fiesta ya había empezado. La euforia iba por zonas. En la de la bruja se repartían píldoras de azules con logotipo. En la de los enanos los saltos salpicaban de cerveza a cinco metros a la redonda. En la de Ernesto, en una esquina, el odio acotaba un recinto que sólo podía invadir cualquiera que le trajera una copa, lo que sucedía antes de que se acabara la anterior.

Desde su esquina con vista privilegiada a todo el gran salón iba germinando su venganza persona a persona, ojos contra ojos. Nadie era capaz de aguantarle la mirada. Le tenían miedo. Era su primer triunfo. Después vendrían más.

Abrió la puerta la madrastra.

-Llegáis tarde tardísimo. Os habéis perdido lo mejorcísimo. ¿Sabéis que Ernesto vino sin disfraz? Las risas no dejaban oir la música. Y su cara… Pero creo que se lo tomó por el lado malo malísimo. Se sentó en un rincón y se pasa el rato mirando con rencor. ¡Ah! Pareado: rincón, rencor. ¿No? Bueno da igual. La idea es emborracharlo y mandarlo en un taxi a donde sea. La gente está pensando destinos. Me da igual pero que sea lejos lejísimos. Tomad algo y llevadle una a Ernesto. A ver si aguanta alguna más, no sé, mirad su cara.

No podía más. No estaba acostumbrado al odio y ese nuevo sentimiento le había hecho bajar la guardia. Estaba borracho. En su cabeza veía aproximarse a un tomate y una lechuga. Pero no era su cabeza. El tomate hijo de puta no le había dicho que era de disfraces. Lo pelaría con un cuchillo de untar.

Se incorporó pero su estómago no entendió la maniobra y vomitó sobre si mismo y sobre una hoja de lechuga.

-Dejadme que me voy a casa.

+No, Ernesto. Vamos arriba, te lavas, te mojas la cabeza y te mandamos a casa.

Cuchicheando, el tomate le dijo a la lechuga que tendrían que asearlo para que lo aceptaran en un taxi.

Apenas nadie se dio cuenta. Entre la lechuga y el tomate se lo llevaron al lavabo de arriba. Apenas podía andar y balbuceaba.

En el cuarto de baño, Ernesto parecía recobrarse por momentos e intentaba arrastrase hacia la puerta, pero le abandonaban las fuerzas enseguida.

-Esto ya empieza a no hacer gracia. Y tengo todo el disfraz vomitado. Apesta.

+Lechuguita, unos minutos y se acabó. Voy abajo a por papel para limpiar a este.

La lechuga maldijo al tomate que se iba. Pero sólo unos segundos porque el golpe que recibió en la cabeza al darse la vuelta y que destrozó su cráneo le impidió continuar.

El tomate alarmó todos. La lechuga muerta y Ernesto huído. Y parecía que no se tenía en pie el cabrón.

El desfile de disfraces en comisaría provocaba la risa de los policías contenida por el acontecimiento. Todos prestaron declaración. Ernesto no aparecía pero tenían todos sus datos y muchas fotos. Caería más pronto que tarde.

El tomate decidió ir a casa caminando. En chándal. Con el disfraz debajo del brazo. Se alejó de la comisaría cabizbajo y muy cansado.

Un par de manzanas más allá recordó la frase que le dijo la lechuga mientras se dirigían a la fiesta: “Pues a mi los tomates no me sientan bien. Me acaban dando dolor de cabeza”. Contuvo la risa como pudo. -Pobre Ernesto.- Pensó.

La lechuga y el tomate
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