Ernesto y Chema

Ernesto es un hombre normal. La normalidad entendida como ni bueno, ni malo, ni lo contrario. Su nombre no da para más. Ernesto para todos. Ni siquiera tiene un apócope familiar.
José María es capaz de ser bueno, malo y todos los matices entre ambos estados. Su nombre da para mucho. Es José María en las presentaciones, Chema para los amigos, Josema para sus posibles ligues, Don José para sus subordinados.

Ernesto llamó a Chema, su mejor amigo. Chema vio la llamada y la dejó extinguirse porque no le daba tiempo a pensar en cómo escabullirse de alguna encerrona fraternal. Tras cinco llamadas, aceptó la sexta. En su interior algo le dijo que no podía perder el contacto con un amigo de la infancia. Y además, recordó el placer que se siente cuando se está con alguien de plena confianza y que es peor que tú en todo. Puedes restregarle por las narices todo lo que tú tienes y que él no tiene y sólo escucharás de sus labios un “me alegro tanto por tí, nadie se lo merece tanto como tú”.

-Tenemos que vernos. Necesito hablar contigo. Ya.
+Vale. ¿Que intestino se te ha roto esta vez?
-No juegues con eso que lo pasé muy mal. Casi me muero.
+Ok. Mañana a las cinco. ¿De acuerdo?
-¿A las cinco? Yo salgo a las ocho con suerte.
+A las nueve en el bar de Lola. ¿Ok?
-Ok. A ver qué le explico a Gertru. No está acostumbrada a que salga solo.

El bar de Lola es un bar excéntrico en todos los sentidos. Está muy lejos del centro de la ciudad y su fauna se compone de ex drogadictos, ex delincuentes y algúnos ex médicos y ex policías. Un sitio en el que Chema se siente cómodo y en el que José María o Don José nunca pondría un pie.

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Al bar de Lola se accede llamando a la puerta porque siempre está cerrada. Hay un rótulo descolorido en la fachada que no invita a entrar, de modo que sólo van al bar de Lola los que quieren estar allí y nunca los que buscan un bar cualquiera. La puerta la abre la misma Lola o cualquier cliente al que Lola le da la orden. Lola deja entrar al recién llegado o no según su ojo certero desde la barra. Con un vistazo de visión periférica consigue atisbar los posibles problemas en la cara de los recién llegados. Nunca le han cerrado el local desde que lo abrió siendo treinta años más joven.

Ernesto llegó primero al bar de Lola y se quedó en la puerta esperando. Se escuchaba la ranchera que estaba cantando Lola en la barra del local y sabía que a Lola no le gustaba que la interrumpieran.

Chema llegó en unos minutos.

-¡Joder! Me he fumado cuatro cigarrillos mientras llegabas. Quedamos a las nueve.
+¡Coño! ¿Quieres financiar tú solo el estado del bienestar? Fuma menos o pide tabaco. No lo compres.

Llamaron a la puerta aprovechando la ausencia de música del interior y, unos segundos después, les abrió un hombre con vaqueros caídos a lo hip-hop, la camisa blanca abierta de abajo a arriba menos el último botón y una pistola que parecía decimonónica pero auténtica en el bolsillo derecho del pantalón. El hombre miró hacia la barra y les dejó entrar tras la afirmación de Lola.

Se sentaron en la mesa de la esquina. De la única esquina porque el bar tenía forma de uve. Pidieron lo que había y empezaron la conversación mientras Lola empezaba el corrido de María Mendoza.

-Ernesto, llevamos aquí cinco minutos y no dices nada. Y no es precisamente una disco para que te quedes pasmado mirando culos. ¿Qué coño te pasa?
+Me voy a suicidar.
-Estás idiota. Si ya estás muerto. Eres un cadáver autómata. ¿Para qué te vas a matar más?
+Eres un puto gilipollas además de ser mi mejor amigo o quizás por eso. Todo es una mierda.
-Si te crees que mi vida es maravillosa… Yo la cambiaría por la de Lola.
+Chema, llevo dos años en el gimnasio y estoy fofo como un buda. Peso más que hace dos años.
-Que estés matriculado no quiere decir que vayas.
+Voy. Todos los putos días salgo del gimnasio sudando como un perro, machacándome hasta el punto de que la monitora ya me dijo que no se hacía responsable si me daba un patatús. Me peso todos los días y siempre peso lo mismo, 87. Somos de la misma estatura, ¿cuánto pesas tú?
-Yo, 74,350 hoy. Pero oscila a lo largo del día, no te creas.
+¡Coño! Te sabes hasta los gramos. Y tu no haces nada de deporte.
-Bueno. Estás rellenito, vale. Pero no creo que sea para suicidarse.
+Me estoy quedando calvo. Cada mañana, cuando me peino, el desagüe del lavabo se queda tupido de todos los pelos que se me caen. He probado todos los mejunjes conocidos y cada vez tengo más pista de aterrizaje.
-!No me jodas! Los calvos están de moda. Incluso tipos con pelazo se afeitan la cabeza. Chorradas.
+Me quieren despedir. O mejor dicho, que me despida.
-¿Peláez?
+Peláez. No es nadie. Es mi jefe pero sólo está un peldaño por encima de mi de todos los peldaños que hay en mi empresa. Pero me quiere joder y cada vez más. Sabe que necesito el trabajo y me humilla constantemente. Sé que soy mejor que él, que podría progresar en la empresa pero él es un tapón.
-Pues mátalo a él. Para qué te vas a suicidar. ¿Para hacerle un favor?
+¡Joder, Chema! Son causas necesarias aunque no suficientes. Por una no me mato, pero por todas sí.
-Si quieres te tomo en serio, pero me cuentas problemas cotidianos que tiene todo el mundo. Si toda la gente a la que le pasan cosas parecidas a las tuyas se matara, no habrían atascos.
+Chema. La Gertru me engaña.
-¿Pero cómo te va a engañar Gertru si sólo tiene ojos para tí? (Mientras piensa que cómo esa vacaburra puede ser atractiva para alguien).
+El otro día la vi besándose con el panadero de la panadería de mi calle.
-Bueno, mejor que con el butanero, que va a domicilio y te puede dejar la cama hecha un desastre.
+Ríete, pero ya no puedo más.
-Y ¿cómo vas a hacerlo? ¿Ventana, horca, venas…?
+Pistola. La tengo aquí mismo.
-¿Qué? ¿Y de dónde la has sacado? ¿De los chinos? A ver si te disparas y te deja la cabeza de color purpurina… Déjamela ver.

Ernesto se la dio a Chema por debajo de la mesa. Chema se levantó sin que a Ernesto le diera tiempo para evitarlo y fue hacia la barra en busca del ex médico.

-¿Este revolver puede disparar?

El ex médico la examinó unos segundos y contestó afirmativamente.

-Sí. Es ilegal. Tiene borrada la numeración y han limado el interior del cañón para que no se reconozca la procedencia de una bala disparada por él. Pero disparar, dispara.

Chema pensaba que la pistola era de fogueo y, ahora sí, se preocupó. Cuando se volvió hacia la mesa y vio las dieciocho botellas de cerveza vacías, se preocupó más. Lola no tenía la costumbre de retirar las consumiciones terminadas.
Volvió a la mesa.

-Ernesto, estás tonto de cojones. Que no seas Brad Pitt no te da derecho a matarte ni a acojonar a los demás. Lo que creas que te pasa ahora, pasará y te reirás de ello dentro de unos meses.
+¡No me toques los cojones! ¿Sabes que creo? Que mi mala suerte empezó cuando estábamos borrachos en aquel campamento y nos dimos un beso de maricones. Debíamos tener diecisiete o dieciocho años.
-Ernesto. Estábamos borrachos y no somos maricones. Nos dimos un morreo en plan exaltación de la amistad. ¿Qué tiene eso que ver?
+Hasta entonces yo era mejor que tú y, desde entonces, tú eres mejor que yo.
-Ernesto, estamos un pelín borrachos. Déjame la pistola. Yo la guardo. Si mañana la quieres, sereno, te la devuelvo.
+Sólo si nos damos otra vez ese beso de mala suerte.
-Estás para que te encierren. Si me das la pistola esa hasta te doy un beso en el culo.

Se dieron un beso en los labios como el que puede dar un lirio a una farola.

+Toma la pistola. Me siento mal hasta para suicidarme. ¿Pillamos un taxi?

Al día siguiente. Ernesto se levantó con resaca entre moderada y fuerte. Siguiendo sus hábitos, fue a la  báscula: 82 kilos. Gratamente impresionado se aseó y se peinó. Le pareció raro pasar el peine una y otra vez sin que se cayeran multitud de pelos al lavabo. ¿Se habrían caído ya todos los que se tenían que caer?
Ya desayunando, Gertru se levantó. Tras el buenos días soñoliento:

-Cari, tenemos que quedar con el nuevo de la panadería. El otro día, hablando con Espe, la dueña, me lo presentó porque es de mi pueblo y hablando, hablando, resulta que es primo mío. Besucón de narices y empalagoso. Pero mejor tomar un café con él para cumplir y ya está, ¿te parece?
+Gertru, ¿te parece que he adelgazado?
-Sí, Cari. Se te nota el gimnasio. Pero, como te pases, te dejo. A mi dame donde agarrar. ¡Ah! Tienes un mensaje en el móvil. Seguro que de tu empresa. A ver si te despiden, porque, para amargarte la vida…

Ernesto tenía un mensaje de su empresa. Javier Peláez había muerto de infarto el día anterior y se informaba a los empleados de la ubicación del tanatorio y de la cuenta bancaria para hacer un donativo para comprar una corona de flores.

Chema se levantó con resaca fuerte. Siguiendo su costumbre, se pesó y se frotó los ojos: 77.100 kilos. ¿Dos kilos más de un día para otro?
Se duchó preocupado y se preocupó más cuando vio en el suelo de la ducha pelos, muchos pelos que se le caían de su cabeza. Y muchos más al peinarse.
Le vino a la cabeza Ernesto y más cuando pensó que hoy tenía una reunión con el jefe de personal de su empresa. Ayer pensaba que sería para un ascenso, pero hoy tenía claro que no sería para eso.
Sonó el teléfono. Un mensaje. Pero no era su teléfono. Era el de su mujer. Nunca cogía el teléfono de su mujer por aquello de respetar la intimidad de cada uno, pero esta vez no pudo resistirse por el mal fario que iban tomando los acontecimientos esa mañana.
Leyó el mensaje: -Hoy toca en mi casa. Llámame en cuanto se vaya tu marido. (Y emoticonos)

En ese momento lo comprendió todo aunque no lo entendía. Sabía que Ernesto no le volvería a dar un beso, así que fue hasta el perchero en el que estaba colgada la chaqueta que llevaba el día anterior y cogió el revólver.

Ernesto y Chema
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